miércoles, 22 de abril de 2026

La rana en la olla

 




La rana en la olla

abril de 2026

(o el cuento de cómo los profesores de la Universidad de Sonora nos quedamos atrasados en nuestros sueldos)

Érase una vez, en un valle húmedo y silencioso, donde la niebla se enredaba entre los árboles y los juncos, una pequeña rana de piel verde brillante que vivía tranquila a la orilla de un estanque.

Era curiosa por naturaleza, pero no era especialmente precavida. Le gustaba observar el mundo dando saltos, confiada en que nada cambiaría demasiado de un día para otro.

Una mañana, sin saber cómo, fue a caer ena una vieja olla de hierro llena de agua clara. Al principio se inquietó un poco, pero el agua estaba fresca y agradable, así que decidió quedarse.
— No parece haber peligro — pensó —. No parece ser tan malo este lugar.

Pasó el tiempo, y la rana no se enteró de que, debajo la olla, un fuego suave acababa de encenderse

.
El agua se templó un poco, como si fuera un tibio día de primavera.

     Qué calor tan reconfortante — dijo la rana – y estiró sus patas.

Pero el fuego siguió ardiendo.

El agua se volvió más cálida, luego más caliente. La rana lo notó, pero el cambio era lento, muy lento, casi imperceptible.
—Ya me acostumbraré —se dijo para si la rana —. Todo cambio requiere paciencia.

Y allí se quedó.

El calor no se detuvo. El agua empezó a quemar suavemente, y el cuerpo de la rana se volvió pesado, como si el mismo vapor le robara la fuerza.

Por primera vez, quiso saltar. Pero ya no pudo.

Sus patas, antes ágiles, apenas respondían. El calor, que había llegado sin prisa, ahora la envolvía sin escape.

Y así comprendió, muy tarde, que no todos los peligros llegan con estruendo. Algunos se acercan en silencio, lentamente, paso a paso, hasta que ya no queda fuerza para huir.

Desde entonces, dicen los viejos del valle que el estanque guarda un murmullo tenue, como una advertencia muy queda para aquéllos que no quieran escuchar.

Cuentan que no todo lo que cambia despacio es inofensivo,
y que hay momentos en los que es sabio saltar. Antes de que sea tarde.


domingo, 19 de abril de 2026

A setenta y un años del fallecimiento de Albert Einstein

 


A setenta y un años del fallecimiento de Albert Einstein

A la 1:15 de la madrugada del 18 de abril de 1955, en el Princeton Hospital, llamado ahora University Medical Center of Princeton, falleció el Dr. Albert Einstein de una hemorragia interna masiva. Consecuencia de la ruptura de un aneurisma de aorta abdominal. Tenía 76 años y en su trabajo de investigación había cambiado la física desde sus raíces.

La Historia del Aneurisma

Einstein sabía que tenía esta condición desde años antes de morir. En 1948 le habían practicado una cirugía exploratoria en el Hospital Judío de Brooklyn y el descubrimiento resultó ser un aneurisma calcificado del tamaño de una toronja. Estaba localizado en la aorta abdominal.

En esos tiempos no se disponía de una cirugía vascular segura para repararlo, de modo que el médico Rudolf Nissen lo envolvió con celofán, una técnica experimental con la que se buscaba endurecer la pared interna del aneurisma para prevenir su ruptura.

El Final

Cinco días antes del desenlace fatal, el 13 de abril de 1955, Einstein comenzó a experimentar fuertes dolores abdominales. Fue ingresado al Princeton Hospital y los médicos diagnosticaron que el aneurisma había empezado a romperse. Esto era una condición mortal en esa época pero los médicos le ofrecieron, como única posibilidad, una cirugía de emergencia. La tasa de fallecimiento cuando se practicaba esa operación quirúrgica era de 50% y la edad del enfermo no ayudaba. Einstein la rechazó en forma rotunda y se alistó para irse en definitiva de este mundo.

Los testigos afirman que dijo: “Quiero marcharme cuando yo quiera. Es de mal gusto prolongar la vida artificialmente. Ya hice mi parte, es hora de marcharme. Lo haré con elegancia".

La enfermera de guardia en el momento de su fallecimiento contó que lo escuchó murmurar unas palabras en Alemán, pero como ella no hablaba ese idioma, éstas se perdieron para siempre.

El Patólogo y el Cerebro de Einstein (primera parte)

El patólogo de guardia se llamaba Thomas Harvey, realizó la autopsia, y sin permiso de la familia, extrajo el cerebro de Einstein con la idea de que fuera estudiado para saber si su naturaleza biológica podía agregar conocimiento sobre esa capacidad del genio para investigar sobre física.

Su hijo Hans Albert se enteró de la acción del patólogo a través del New York Times y montó en cólera. En ese tiempo, Hans vivía en California y se ha reportado que había viajado a Princeton para verlo antes de su fallecimiento, pasando muchas horas junto a su padre en los días que siguieron al 13 de abril. Su vínculo filial era cercano, respetuoso y afectuoso. Hablaba de su padre con admiración y reconocía que en el pasado habían tenido serias dificultades en su relación.

Hans Albert

Como su hijo mayor, a Hans le tocó la decisión sobre lo que se debía hacer con el cerebro de su padre. Un asunto que abordaremos más adelante. En lo referente a los escritos de Albert Einstein, el albacea literario era Otto Nathan, un amigo suyo y confidente más confiable. Nathan era un economista alemán de origen judío que había huido del nazismo. Se identificaba con el pensamiento de Einstein porque compartía las ideas pacifistas y socialistas. Punto sobre el que abundamos más adelante.

Por ahora resulta de interés agregar algunos comentarios sobre Hans Albert.

Estudió ingeniería civil y se graduó en el Instituto Tecnológico Federal de Zürich, en Suiza. En 1936 obtuvo su doctorado con una tesis sobre el transporte de sedimentos en flujos de agua. Su obra sobre este tema ha sido tan importante que aún ahora, noventa años después, sigue siendo considerada como la teoría fundamental sobre este fenómeno. Tuvo la fortuna de salir de Europa a tiempo para establecerse primero en la costa este de los Estados Unidos (Carolina del Sur) y trasladarse después s California, donde fungió como investigador y profesor de temas ligados a la hidráulica. Según las notas consultadas, dejó un grato recuerdo entre sus colegas y alumnos.

El albacea literario

El testamento de Einstein de 1950 nombró a Nathan como el único albacea de su patrimonio y como el co-administrador de su propiedad literaria junto a su secretaria Helen Dukas. Fue el encargado de gestionar su imagen y de organizar los papeles de Einstein. Actividad a la que le dedicó más de 25 años de su vida.

El vínculo de Otto Nathan con Albert Einstein se desarrolló a través de la lucha política compartida. Los dos eran emigrantes alemanes y Einstein lo veía como un par intelectual en asuntos políticos y económicos.

En 1949, en una carta a su hijo Hans, Einstein le explicó que Nathan tenía dificultades profesionales debido a sus creencias socialistas, razón por la cual no podía obtener un puesto universitario permanente en Estados Unidos.

La correspondencia entre Einstein y Nathan está llena de discusiones sobre el ascenso del fascismo y el destino de los judíos en Europa. En una carta fechada en 1936, Einstein le escribió: "Los acontecimientos en Europa son indescriptiblemente horribles. El Señor Dios parece haber nombrado al diablo como jefe de personal".


La suerte de su hijo Eduard

Einstein tenía otro hijo, se llamaba Eduard y le decían "Tetel", pero es muy probable que jamás se haya enterado de la muerte de su padre debido a su estado de salud.

Los relatos acerca de su niñez nos lo muestran como alguien con una enorme sensibilidad. Las cartas familiares, los testimonios indirectos y las reconstrucciones biográficas, lo presentan como un niño y adolescente intelectualmente brillante, que gustaba de la literatura, la música y la filosofía. Le atraían las ideas de Sigmund Freud, era introspectivo y con alta sensibilidad hacia lo afectivo y menos interesado en la física.

Eduard tenía apenas cuatro años cuando Mileva se regresó a Zürich como consecuencia de las dificultades de pareja. Entre 1926 y 1928 todavía tenía un buen desempeño académico y había decidido estudiar medicina. Entre 1928 y 1930 aparecieron en él síntomas serios: como crisis emocionales, dificultades para concentrarse y episodios que fueron catalogados como desorganización psíquica. Fue abandonando sus estudios gradualmente. Los primeros síntomas serios de esquizofrenia se presentaron en la década de los años 1920 y fue diagnosticado formalmente en 1930. Lo internaron en una clínica psiquiátrica en Zürich, donde empezaron aplicarle los tratamientos de la época. No existían los antipsicóticos modernos que buscan reducir los síntomas severos y después de 1938 le aplicaron electrochocks. Nunca recuperó una vida independiente y pasó gran parte del tiempo en instituciones psiquiátricas. En esas condiciones, su capacidad intelectual inicial no se expresó plenamente en su etapa adulta. Murió en octubre de 1965 de complicaciones de salud asociadas a su condición crónica de esquizofrenia tratada con hospitalizaciones prolongadas.

Los registros históricos indican que no tuvo contacto con su padre después de 1933 y la relación entre ambos se había roto desde hacía tiempo. Se ha reportado que la última vez que Albert Einstein vio a su hijo fue justo en 1933, cuando estaba a punto de emigrar a Estados Unidos con su segunda esposa, le ofreció a Eduard que lo acompañara, pero él se negó. Después de un largo periodo de internamiento, en un momento de su enfermedad, Eduard llegó a decirle a su padre que lo odiaba.

Se ha afirmado y discutido sobre el presunto abandono de su familia, pero el tema es más complicado que responder con un sí o un no.

Einstein fue un padre emocionalmente distante, con visitas intermitentes que se complicaron con el estallido de la primera guerra mundial en el verano de 1914 y con los movimientos cada vez más frecuentes de Einstein por el mundo. En la práctica, fue un padre ausente desde el verano de 1914.

En resumen, la relación con su esposa Mileva estaba rota desde 1912 y ella había tomado con mucha reticencia su traslado al nuevo trabajo que le ofrecían en Berlín a su marido. Aunque inicialmente lo acompañó, su relación ya tensa desembocó en una catástrofe a las pocas semanas de su arribo. Mileva se regresó a Zürich llevándose a los niños y desde entonces sólo hubo visitas esporádicas mutuas. La separación fue permanente y el divorcio resultó muy complicado para ambos.

El contacto cesó después de la última vez que se encontraron en 1933, pero como botón de muestra, se puede encontrar en línea una carta de Einstein a su hijo menor. Una traducción aproximada es la que sigue:

 

19 de noviembre de 1944

Querido Tetel:

Después de tanto tiempo, Suiza por fin se ha liberado de sus restricciones, así que al menos puedo escribirte de nuevo. Espero que te sientas bien y contento, y que puedas decidirte a escribir algo literario otra vez.

El médico que consultaste hace años me ha enviado una colección de tus aforismos, que al parecer habían quedado olvidados allí. Los leí sin tener la menor idea de quién los había escrito. Me sorprendió mucho la concisión de muchos de ellos, y me alegró mucho saber después, por su carta, quién era el autor.

Siéntate de nuevo y mira qué se te ocurre. [...] Nada produce tanta alegría y satisfacción como cuando uno ha luchado por alcanzar la mejor forma posible que es capaz de lograr. Esto lo siento especialmente ahora, que mi propia vida está casi terminada, y he desarrollado un desapego de la existencia personal que es característico de las personas mayores, que viven una existencia conciliadora.

Quizá tú sientas algo semejante en una etapa más temprana que otros, como consecuencia de [...] tu enfermedad, y lo entiendas mejor que otras personas de tu edad.

Lee a Tolstoi: Guerra y pazLa muerte de Iván Ilich y El poder de las tinieblas. También las tragedias de Esquilo, especialmente Prometeo.

Los más cordiales saludos de tu

PAPÁ

Traducción llevada a cabo a partir del contenido en línea:

https://web.archive.org/web/20141219193920/http://www.shapell.org/manuscript.aspx?einstein-writes-to-schizophrenic-son

 

El padre proveedor

Einstein fue un padre proveedor. Aseguró la estabilidad económica de Mileva y de sus hijos en forma significativa. Firmó desde 1914 un compromiso legal para enviarle una pensión anual de 5 mil 600 marcos de oro, que era casi la mitad de su salario. En febrero de 1919 se estableció que, si llegaba a ganar el Premio Nobel, entregaría todo el dinero a Mileva, lo cual ocurrió en 1921 cuando por fin se le otorgó el premio. Ella recibió el dinero en 1922 y lo usó para comprar tres edificios en Zürich. Cuando los gastos por la atención psiquiátrica para Eduard se volvieron enormes, Einstein continuó realizando transferencias regulares de dinero a Mileva para cubrir los costos del sanatorio y su propio sustento.

Cuando Albert Einstein falleció, en 1955, llevaba más de dos décadas sin ver a su hijo y sin mantener una comunicación importante con él. La enfermedad aisló a Eduard del mundo y rompió irreversiblemente el vínculo con su padre.


El Patólogo y el Cerebro de Einstein (segunda parte)

Aunque el albacea literario fue Otto Nathan, Hans Albert, como hijo mayor, fue quien tuvo que tomar las decisiones difíciles sobre los restos de su padre, incluyendo la controversial decisión acerca del destino de su cerebro.

Después de leer la noticia en el New York Times, Hans Albert buscó insistentemente al patólogo. Cuando logró comunicarse con él, ocurrió una discusión aparentemente civilizada pero tensa.

El patólogo logró convencerlo de que los resultados de los estudios del cerebro de Einstein serían publicados en revistas científicas de prestigio. Lo que en realidad ocurrió es propio de una película de corte psicológico y policiaco, pero no por el cerebro del genio fallecido, sino por la conducta del patólogo.

Éste contradijo directamente los deseos del físico, quien había dejado instrucciones claras de ser cremado para evitar cualquier tipo de veneración o estudio de sus restos. Días después, Harvey logró el permiso a regañadientes del hijo de Einstein, Hans Albert, con la condición de que cualquier investigación fuera estrictamente científica y publicada en revistas de prestigio.

Se llevó el cerebro a la Universidad de Pensilvania, donde lo inyectó con formaldehído, lo fotografió desde todos los ángulos y luego lo cortó en cerca de 240 bloques pequeños. Para preservarlo, los cubrió con una sustancia llamada colodión.

Thomas Harvey perdió su trabajo en Princeton y se llevó el cerebro consigo. Lo guardó durante décadas en dos frascos de cristal dentro de una caja de sidra que escondía en lugares insólitos: a veces bajo un enfriador de cerveza, en otras ocasiones en el sótano de su casa, o en su consultorio.

Harvey trabajó en diversos empleos, desde supervisor en un laboratorio hasta médico en una fábrica de plásticos y terminó perdiendo su licencia médica. Acabó contándole historias del cerebro que guardaba a un escritor de nombre William Burroughs. Un personaje de la corriente beatnik de fines de los años 1950 y de inicios de los 1960.

En 1997, cuando Harvey ya tenía 84 años, se le ocurrió cumplir por su cuenta un deseo nunca realizado de Einstein: viajar por los Estados Unidos de costa a costa. Se llevó el cerebro en el asiento trasero de su coche, pero no sabía que era seguido por agentes del FBI, que se aseguraban de que el preciado órgano no desapareciera.

Con el paso de los años, Harvey envió pequeñas muestras a varios científicos para que fueran estudiadas. Las investigaciones encontraron algunas peculiaridades, pero el tema será abordado en otra ocasión.

 

Cremación

De acuerdo a las instrucciones que Einstein había dado, su cuerpo fue cremado y sus cenizas fueron dispersadas en algún lugar secreto.


Se realizó un acto privado para evitar la creación de un lugar de peregrinación, sus cenizas fueron esparcidas en un lugar no revelado y mantenido en secreto. Se especula que quizás fueron esparcidas en el cercano lago Carnegie, donde le gustaba navegar.


domingo, 15 de febrero de 2026

La derecha en la SEP y la inseguridad en el empleo del personal académico

 


La derecha en la SEP y la inseguridad en el empleo del personal académico

Introducción

Los hechos ocurridos el 13 de febrero de 2025 en la Secretaría de Educación Pública (SEP), en los que fue destituido Max Arriaga, hasta entonces responsable de la Subdirección de Materiales Educativos de la SEP, me trajo a la memoria algunos detalles que demuestran la permanencia dominante del pensamiento de derecha en la secretaría que, presuntamente, es la dependencia del Poder Ejecutivo Federal encargada de organizar, regular y supervisar el sistema educativo nacional en México. Pueden cambiar los mandos importantes, pero estos llevan en su sangre la vena autoritaria del pasado.

La expulsión del funcionario mediante un oficio oscuro e inentendible, pero acompañado de policías que sí eran muy visibles, marca la forma de ser y la conducta del titular de la SEP, un político profesional que sabe tanto de temas educativos tanto como la mayoría de los mexicanos sabemos de sánscrito.

Dada la conducta como político, es claro que Mario Delgado es un trepador que dirigió el partido MORENA desde una perspectiva clientelista en la que introdujo como candidatas a una cantidad muy grande de personas de conducta dudosa. Una serie de actos que lo perfilan como un elemento de la derecha incrustado en el nuevo gobierno para sobrevivir rodeado de comodidades y aspirar a más. Por si alguien quisiera dudar de esta afirmación, la acción policiaca contra un funcionario de su misma secretaría es tan violenta que lo perfila como lo he catalogado en este mismo párrafo.

¿Está la derecha apropiándose ahora de la SEP? Mi respuesta es que no, porque nunca se han ido, como lo demuestra el trato que dan al personal académico.

La inseguridad en el empleo en las instituciones públicas de educación superior

Son los funcionarios menores los que le dan a cada secretaría un perfil. Lo hacen en todo aquello que es poco relevante para sus jefes, o que pueden encubrir con informes torcidos dirigidos a sus superiores. El caso del respeto a las leyes que rigen las relaciones de trabajo es un ejemplo, como veremos enseguida.

Los orígenes de la legislación del trabajo burocrático

Desde 1917 existía en el Artículo 123 de la Constitución de la República un Apartado B, que establecía que la burocracia debía tener un marco laboral propio, distinto al de los trabajadores del sector privado.

Se requería una ley reglamentaria de ese apartado constitucional, pero para 1963 habían transcurrido 43 años sin que ésta se aprobara. Había un vacío general porque en ninguna parte se definían los salarios, la estabilidad laboral, el escalafón, la existencia de los sindicatos, las condiciones de trabajo, las responsabilidades y la seguridad social de los trabajadores. El gobierno sólo operaba con reglamentos internos.

En el ámbito de la relación laboral existía la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE), que se había fundado el 29 de octubre de 1938, luego de varios movimientos surgidos desde 1935 con le gobierno del general Lázaro Cárdenas. Ésta tenía un Estatuto Jurídico a partir de diciembre de 1938, pero fuera de eso, no había un sistema legal donde se pudiera enmarcar.

El Estado necesitaba una ley para darle la burocracia un orden jurídico y tratara de evitar tensiones políticas y laborales. Por esa razón, en diciembre de 1963 se aprobó en el Congreso de la Unión la Ley Federal de los Trabajadores al Servicio del Estado para reglamentar el Apartado B ya mencionado. Ésta se publicó el 28 de diciembre de 1963 y entró en vigor el 1º de enero de 1964. Así se estableció un sistema de carrera burocrática, un escalafón para aprobar ascensos con base en méritos y antigüedad, también las condiciones generales de trabajo y las normas para dar nombramientos, licencias, pensiones, y en especial, la estabilidad laboral. Éste último es el tema del que me ocupo en esta contribución a mi blog.

A cambio, el gobierno de Adolfo López Mateos, que fungió desde 1958 hasta 1964, reconoció a los sindicatos y los mantuvo afines al Estado, estableció una serie de condiciones incumplibles para reconocer huelgas y éstas quedaron prohibidas en la práctica.

Inamovilidad en el servicio federal

La última actualización de la Ley Federal de los Trabajadores al Servicio del Estado es la del 15 de enero 2026



En esta legislación se establece que los trabajadores que no son de confianza adquieren su inamovilidad a los seis meses de haber sido contratados.

 


Dada la ley se ha encontrado la trampa

En la década de los años 1970, ésta regla se acataba plenamente en los bachilleratos del sistema federal, pero en algún momento la burocracia encontró la forma de darle la vuelta a la página y regresar a los tiempos de la inseguridad en el trabajo.

El método ahora es recurrir a un procedimiento ilegal en el que se contrata a profesores por honorarios, de modo que no exista un documento que pueda ser llamado “nombramiento”.

No importa si son personas con doctorado en ciencias pues su formación académica resulta irrelevante, se les trata como si sus conocimientos no existieran. Se les contrata es solamente por un semestre y con frecuencia se les paga en una sola exhibición al terminar el curso, siempre y cuando ANTES se ha entregado el informe correspondiente. Un papeleo que nadie lee y mucho menos evalúa.

 


 Suponer que sólo son acciones individuales de funcionarios locales corruptos es una equivocación. Si el fenómeno está ocurriendo en todo México, significa que hay manos centrales meciendo la cuna. Son esos burócratas que han visto pasar secretarios y sexenios, conscientes de que nada más están de paso y de que no tienen interés en atender la temática de la seguridad en el empleo. Son minucias que no vale la pena atender, lo importante es saber seleccionar las órdenes importantes que “vienen de arriba”.

 

El caso de las universidades públicas autónomas por ley

Breve repaso del origen de la legislación del trabajo en las universidades mexicanas: el sindicalismo independiente en las universidades

Pasemos ahora al caso del sindicalismo universitario. Éste surgió como formalismo independiente en los años 1970, principalmente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y enseguida en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Rápidamente se esparció por varias universidades públicas de México, entre ellas la Universidad de Sonora (UNISON) y el Colegio de Bachilleres de Sonora (CBS).

Durante la década de 1970 aparecieron en las universidades públicas  movimientos sindicales que se autodefinían como independientes. Trataban de romper con el modelo tradicional de sindicatos corporativos vinculados al Estado que eran capturados por la Confederación de Trabajadores de México (CTM), o por la FSTSE). Reclamaban la democratización interna de las universidades, el reconocimiento de sindicatos ajenos al control gubernamental, verdadera contratación colectiva, derecho pleno de huelga, autonomía académica y laboral.

La autonomía universitaria como pretexto contra los trabajadores

Como era de esperarse, estos movimientos encontraron resistencia interna en las mismas universidades, donde convivían visiones de corte reformistas, conservadores, y otras que llamaban radicales.

Externamente el gobierno federal temía que la autonomía universitaria se convirtiera en una cobertura de movilización política y sindical ligada a la izquierda.

El gobierno federal facilitó las acciones del entonces rector de la UNAM, Guillermo Soberón Acevedo, quien fungió en ese puesto desde el 3 de enero de 1973 al 2 de enero de 1981, dividido en dos periodos consecutivos. En dos periodos consecutivos de cuatro años. Este rector presentó una propuesta de añadido de un tercer apartado en el Artículo 123 de la Constitución, dedicado específicamente para la UNAM e instituciones públicas como ésta. El presunto contenido debería establecer: autonomía académica del trabajo docente, libertad de cátedra, estabilidad con base en méritos y carrera académica. Implicaba también la separación de los trabajadores universitarios con respecto al resto del sector público. Los conflictos políticos y jurídicos no se hicieron esperar.


Por su parte, al gobierno federal le preocupaba la presencia de la izquierda en las universidades, el avance del sindicalismo independiente y su dificultad para regular directamente a las universidades autónomas. Para el gobierno de Luis Echeverría (1970-1976) el tema no era educativo, ni estrictamente laboral. Era un problema político y sindical muy riesgoso pues veía al sindicalismo independiente como un posible foco de movilización política y un asunto de seguridad interior del Estado. Por esa razón dio órdenes de que el tema se manejara desde la Secretaría de Gobernación para garantizar el control político y desde la Procuraduría General de la República para explorar los criterios de constitucionalidad. La propuesta de Guillermo Soberón fue entregada por él mismo, de manera personal, a Luis Echeverría, sin pasar por la SEP, ni por la Secretaría de Trabajo y Previsión Social.

Echeverría dejó la presidencia el 30 de noviembre de 1976, peo su sucesor, José López Portillo continuó con el mismo enfoque: no se trataba de un tema de desarrollo y expresión académica, sino de uno de seguridad del Estado. Así, en 1977 el nuevo presidente abrió un proceso de diálogo con los rectores para elevar la autonomía a rango constitucional. Éste sería el pretexto jurídico para frenar al movimiento de sindicatos independientes que habían empezado a proliferar en las universidades públicas.

El 10 de octubre de 1979, López Portillo envió al Congreso la iniciativa para agregar una fracción específica en el Artículo 3º sobre autonomía universitaria. A partir de allí se estructuró la respuesta del régimen priísta al problema que le planteaba el sindicalismo universitario. Se introdujo una fracción al Artículo 3º constitucional. Primero fue la octava, después pasaría a ser la VII y se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 9 de junio de 1980. En ésta se reconoció expresamente la autonomía universitaria, el derecho de las universidades para gobernarse a sí mismas y presuntamente se preservó la libertad de cátedra y de investigación.

El ámbito sui generis de la legislación de los trabajadores en las universidades públicas

La siguiente acción fue la reforma a la Ley Federal del Trabajo (LFT), el 20 de octubre de 1980, incluyendo a las universidades e instituciones de educación superior autónomas por ley dentro del Título de Trabajos Especiales. En una lista de 22 artículos, desde el 353-A hasta el 353-U, se establecieron las reglas para incorporar a las universidades públicas en el Apartado A del Artículo 3º constitucional.

El régimen que se estableció para las universidades no encajaba en ninguna figura legal previa. Con el pretexto de la autonomía, en el 353-Ñ se prohibió la formación de un sindicato nacional de trabajadores, punto que sí se le concedía al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), plenamente controlado por el régimen.

En aquellas fechas la relación de trabajo por tiempo indeterminado se expresaba de manera muy sencilla en el Capítulo II de la LFT. Si al celebrarse una relación laboral no se pactaba claramente una causa objetiva para la temporalidad, se consideraba automáticamente como contrato por tiempo indeterminado. Era una interpretación que favorecía al trabajador pues si el contrato no decía cuándo terminaba, se presumía que debía ser por tiempo indeterminado. De ese modo se buscaba evitar el abuso de contratos temporales que disfrazaban las relaciones laborales para evitar que se consideraran permanentes. En cambio, para las universidades se introducía el Artículo 353-L, que es materia de discusión en esta contribución a mi blog.

Según éste, además de que debe existir la materia de trabajo, se agregó el requisito de una evaluación académica antes de alcanzar la relación por tiempo indeterminado. En muchas universidades el procedimiento resultó ser un concurso por oposición a ser manejado por las administraciones respectivas.

Dada la ley se aplica la trampa: la evaluación académica que nunca llega

La legislación de 1980 impidió la formación de un sindicato nacional que pudiera presionar de manera global por la búsqueda de mejores condiciones de trabajo. Como resultado se formaron camarillas locales de dirigentes susceptibles de ser atraídos por las autoridades estatales o administrativas de las universidades.

El resultado fue muy evidente en el año 2025, mientras en la UNISON su sindicato de académicos recibía un incremento salarial de 4%, seis meses después de que había sido aprobado por la cámara de diputados mexicana, al SNTE se le informó de un incremento de 10%, con 9% retroactivo al 1º de enero de 2025, en tanto que el 1% restante se agregaría en septiembre de ese año. No solamente el incremento superaba en más del doble al de los sindicatos universitarios, además, para el caso de la UNISON sería retroactivo a un día de marzo de ese año.

No cabe duda: ¡hay niveles!

La exigencia de una evaluación académica es una ficha perdida en un juego de dominó Doble-15 de 136 fichas. Tomo como ejemplo el caso más cercano para mi.

El personal académico de la Universidad de Sonora es programado una y otra vez, lo cual

 demuestra que: 1º La materia de trabajo existe. 2º Si la Universidad de Sonora no opera con números rojos, es señal de que tiene el presupuesto para operar.

¿Qué pasa entonces? Que la así llamada evaluación académica no llega nunca.

Ésta es una traba puramente burocrática en la que el trabajador no tiene la culpa.

Paradójicamente, el aparente triunfo que consistió en evitar el Apartado C de Guillermo Soberón y el Apartado B de Adolfo López Mateos, se ha vuelo en contra de los trabajadores de las universidades públicas. En 1980 “ganamos” el derecho a estar en el Apartado A del Artículo 3º Constitucional. ¿Qué ocurrió?

Conozco en detalle el caso particular de la Universidad de Sonora. En 1985 se aprobó el primer Estatuto de Personal Académico (EPA) y el primer Contrato Colectivo, con lo cual se resolvía la seguridad en el empleo.

De acuerdo al EPA puede haber contratación hasta por un año, no más. Después llegaron los especialistas en contratación colectiva y de alguna manera se fue armando una reglamentación paralela que es un galimatías, es decir, un clausulado confuso, enredoso y difícil de entender porque las ideas están mal organizadas y está lleno de contradicciones y de incoherencias con respecto al EPA.

Lo mismo, y a veces peor, ocurre en otras universidades públicas de México.

El trabajo académico está pauperizado, y como escribía antes, si eso ocurre en todo el país, no son ideas particulares de autoridades domésticas. Es una línea permanente en el tiempo que llega desde la SEP.

La derecha nunca se fue. Ha estado allí tomando decisiones, obedeciendo a veces, callando en otras, pero vigente siempre.