martes, 18 de marzo de 2014

Las puntas hirientes del algodón



Al occidente de la ciudad de Hermosillo, Sonora, a doce kilómetros del campus de la Universidad de Sonora, se ubica un estadio de béisbol que, por ahora, se llama estadio Sonora.


Hay dos accesos al estadio y uno de ellos se llama calle Héctor Espino, en recuerdo del mejor bateador que alguna vez jugó para el equipo de los Naranjeros de Hermosillo.

Siendo una construcción nueva, alejada de la ciudad, todavía se respira allí cierta tranquilidad que pronto será destruida por los proyectos de fraccionamientos que ya están en desarrollo. Todavía se siente el ambiente del campo pero no se puede transitar por esos terrenos porque están llenos de letreros amenazantes.



Un caballo y un burro pastan apaciblemente a casi dos kilómetros del estadio. El asno es muy confiado y se acerca a los transeúntes que van a pasear en bicicleta cuando el Sol empieza a caer.



Extrañamente, encontré sobre un montón de basura unas plantas de algodón y las fotografié para que quienes lean estas líneas conozcan la planta de la cual salen una buena cantidad de sus prendas de vestir.



Pero quiero contar además otra historia. Vean la foto que sigue, donde hubo antes un capullo de algodón, se aprecian las puntas agudas (como espinas) de la planta.



Aunque la primera máquina exitosa cosechadora de algodón se inventó en el año de 1943, en la década de los años 1960 todavía se recurría a la mano del hombre para recoger el algodón. Era más barato y no se desperdiciaba nada.


Los campesinos mexicanos viajaban hasta Estados Unidos para ganar algunos dólares y, entre otros trabajos, uno de ellos era la cosecha de algodón. Un tío mío, hermano de mi padre, fue uno de esos muchos braceros que estuvieron allá. Una vez me contó que terminaban con las manos sangrando con esas puntas agudas, y como no debían manchar el algodón, tenían que limpiarse con cuidado y con frecuencia. Con el paso de los días, los dedos se les llenaban de cicatrices y el problema “se resolvía”.

lunes, 3 de marzo de 2014

La Escuela de Altos Estudios y su fracaso ante las politicas del SNTE



En estos primeros días de marzo de 2014 se recuerdan los cincuenta años de la creación de la Escuela de Altos Estudios en la Universidad de Sonora. Inició actividades el 3 de marzo de 1964 y fue oficialmente suprimida en mayo de 1983, semanas después de la creación de los Departamentos de Física, de Humanidades y de Matemáticas. ¿Donde se ubicaba físicamente?



Desde los malos olores de los vendedores de Hot Dogs y el polvo generado por los dirigentes de una construcción en la Universidad de Sonora, se percibe el edificio de la foto anterior. Ahora le llaman el edificio 3A.

La mayoría de las personas que pasan por allí desconocen que allí se albergó un proyecto académico que el 4 de marzo de 2014 es celebrado porque llega al cincuentenario de su fundación.



Es nuestro gusto por los números múltiplos de diez. Es nuestra exageración por el encanto del sistema decimal, como cuentan que una vez dijo Jorge Luis Borges a uno de los asistentes del funeral de su madre.

En el acto protocolario de su celebración se contarán cosas lindas y se reunirán algunos de los protagonistas de antes para tomarse la foto con los protagonistas de ahora. Al día siguiente un diario cualquiera, y la gaceta universitaria, por supuesto, darán la noticia de que la autoridad en turno asistió a la celebración de un cincuentenario. Los celebrados serán un nombre en una lista.

No se hablará de una realidad que debería ser punzante por todo lo que significa. La Escuela de Altos Estudios fue un proyecto académico que fracasó en uno de sus objetivos más importantes: la formación de profesores de enseñanza media básica y de enseñanza media superior. Éste es el punto que me interesa ahora.

Por la puerta de la foto siguiente entraron profesores de esos niveles durante varios años. Ellos tenían la esperanza de aprender los contenidos de física, matemáticas y literatura que necesitaban para su trabajo de enseñanza, pero con el tiempo, dejaron de venir.



La pregunta que procede es: ¿por que se fueron?

Sucede que con el paso de los años el aprendizaje de contenidos para trabajar con sus asignaturas de Física y de Matemáticas se mostraron como irrelevantes para la obtención de un sueldo mejor, o para la obtención de un empleo.

Aprender estas ciencias no tenía ninguna repercusión laboral favorable y era simplemente un quebradero de cabeza que les restaba tiempo que necesitaban para su familia.

Peor aún, cuando la disminución de sueldos del magisterio fue enfrentada con el derecho a ocupar dos plazas de profesor. Una en el turno matutino y otra en el vespertino, la posibilidad de aprender contenidos quedó completamente cancelada.

Lo anterior no fue una casualidad, sino una consecuencia de las decisiones tomadas por las autoridades del sistema educativo mexicano.

El origen de la idea y la Escuela de Altos Estudios como un atrevimiento

El propósito inicial de la fundación de la Escuela de Altos Estudios en la Universidad de Sonora se basaba en el enfoque que se estaba intentando en la Universidad de Michoacán, donde se había fundado la Facultad de Altos Estudios el 17 de noviembre de 1961, a iniciativa del entonces Rector Eli de Gortari.

Se llamaba Facultad de Altos Estudios Melchor Ocampo, en conmemoración del centenario de la ejecución de este destacado liberal mexicano, quien había sido fusilado el 3 de junio de 1861 por órdenes de los generales conservadores Leonardo Márquez y Félix Zuloaga. De Melchor Ocampo se pueden escribir muchas cosas, pero solamente me referiré a una sección de su testamento, donde dejó escrito: “... muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno ...” Más adelante agregó: “... Lego mis libros al Colegio de San Nicolás, de Morelia, después de que mis señores albaceas y Sabás Iturbide tomen de ellos los que gusten.”

La Facultad de Altos Estudios llegó a incluir la carrera de Físico-Matemáticas, la de Historia, la de Ciencias Biológicas y también la de Letras Españolas. Se esperaba que sus egresados se dedicaran a la enseñanza universitaria. Éste es un punto que deseo desarrollar más adelante, pues allí se centraron en los contenidos, más que en temáticas relacionadas con la didáctica.

Antes de esta idea de Eli de Gortari, se había creado en la Universidad de Guadalajara la Facultad de Filosofía y Letras, por acuerdo del Consejo General Universitario, tomado el 12 de septiembre de 1956.

En el caso de la Universidad de Guadalajara se trató de una sugerencia hecha por el literato y político mexicano Agustín Yañez, quien entonces era Gobernador del Estado de Jalisco y después fue Secretario de Educación Pública en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.

Quiero subrayar el fondo que respalda estas dos propuestas. Se entendía aquí que para enseñar física era indispensable saber física, y también, para enseñar matemáticas, había que saber matemáticas. En consecuencia, el manejo de los contenidos de estas ciencias era fundamental si lo que se buscaba era mejorar la enseñanza.

El planteamiento desarrollado en la Universidad de Guadalajara, a través de la Facultad de Filosofía y Letras, logró madurar una propuesta de desarrollo académico variado y con opciones diversas para la formación del pensamiento organizado y el fortalecimiento del análisis. A manera de ejemplo, la Licenciatura en Historia fincaba su plan de estudios iniciando un proceso para saber reflexionar con base en la comprensión de la Filosofía. Era el punto de partida para disponer de una visión del mundo que podría llevar al estudiante al análisis de los eventos históricos entendidos como un devenir sujeto a diferentes concepciones del mundo. La idea era sencilla, tenía dos cursos de Filosofía en el primer año de estudios, dos cursos de Español y dos de Historia. Además de los necesarios cursos de Historia de México y de Historia Universal, agregaba Historia de América Latina, ubicando la oportunidad de comprender el desarrollo de esta región del mundo como una unidad. Se incluía: Arqueología, Paleografía, Historia General del Arte, Historia del Arte Mexicano, pero también: Historia de la Ciencia y la Tecnología.

Contaba con un curso de Didáctica de la Historia, lo cual será motivo de reflexión más adelante en esta contribución.

Eran 44 asignaturas obligatorias y una cantidad de optativas entre las cuales se podrían considerar: Geografía Histórica Universal, Arqueosofía (que brindaba un acercamiento a las religiones), Arqueología de Occidente, Antropología, Problemas Socioeconómicos del México Contemporáneo, Filosofía de la Historia, Filosofía de la Ciencia, y sorprendente, hasta un Seminario de Relatividad.

Tomando las palabras de la obra publicada por la UNESCO: “LA FILOSOFÍA, UNA ESCUELA DE LA LIBERTAD” se impulsaba el estudio de la Filosofía como una “... garantía fecunda de la libertad y de la autonomía ...” Se entendía ésta como la base fundamental para que los espíritus jóvenes llegaran a ser los “... ciudadanos activos del mañana.”



Una visión como ésta jamás fructificó en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de Sonora, y aunque hubo interés de parte de sus profesores en la década de los años 1970, ésta no pasó de la invitación a conferencistas que los encargados de invitar consideraban importantes.

El impulso a una concepción de las actividad humanas desde la perspectiva de la Filosofía no fue posible por varias razones:
  1. La ausencia de un ambiente culturalmente rico en el cultivo de la Filosofía. No había talleres filosóficos sostenidos cuando nació Altos Estudios, ni conferencias dirigidas hacia la población. La prensa era especialmente pobre, y como ahora, tenía una visión parcial de la cultura que la llevaba a confundirla (igual que hoy) con el arte.
  2. Había algunos profesores amantes de la Filosofía, pero no existía una masa crítica de pensadores interesados en ella que permitiera disponer de una base sólida y heterogénea de maestros que ofrecieran un espectro tan amplio como he tratado de proyectar con el listado de asignaturas optativas.
  3. En consecuencia, siendo numéricamente tan pequeño el conjunto de profesores que cultivaban la enseñanza de la Filosofía, se habría hecho necesario el apoyo económico decidido y poderoso de parte de quienes manejaban el dinero, pero esto no ocurrió.


Y no podía ocurrir porque el dinero era manejado por un grupo de empresarios interesados en el aspecto utilitario de la educación, quienes no podían entender a la cultura (en su significado amplio) como piedra angular del desarrollo de una sociedad.

Los empresarios sonorenses nunca comprendieron que la formación de numerosos cuadros intelectuales da forma a una clase de mercado importante para ellos. La oportunidad de disponer de librerías bien surtidas, de espacios donde charlar mientras se consume un buen café, la atracción generalizada por las obras de teatro, presentaciones musicales, venta de instrumentos y accesorios, etcétera, estuvo (como está ahora) al margen de las consideraciones de los negociantes.

El problema ahora es mucho peor, pues contamos con cientos de miles de jóvenes que han egresado de las primarias, secundarias, bachilleratos y universidades, que no leen. Peor aún, hay cientos de profesores de estos niveles (incluyendo el nivel superior) que tampoco leen.

Esto es muy delicado, pues contamos con sectores muy grandes de la población que se conducen como analfabetas funcionales.

Dados los tres puntos que he señalado previamente, la creación de Altos Estudios en la Universidad de Sonora fue un atrevimiento.



La concepción de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sonora entendía la formación de profesores como una serie coordinada de actividades en las cuales, para enseñar, se hacia necesario saber qué es lo que ibas a enseñar. Le daba importancia a la didáctica, pero sin poner en peligro los contenidos.

En los primeros años de la década de los años 1970, los bachilleratos federales proliferaron en México. Para la contratación de profesores se disponía de una tabla de equivalencias en las que se establecía cuáles asignaturas podrían ser impartidas por cuáles egresados de carreras universitarias. Así de simple. Todo esto funcionó bien en varias partes de México, pero como puedo constatar con mi propia experiencia, no fue así en las instalaciones federales de Hermosillo, Sonora.

En todo caso, la posición política era clara, disponer de egresados de las universidades para trabajar como docentes en los bachilleratos. Si querías enseñar, debías tener contenidos con los cuales iniciar tu trabajo. En los hechos la capacitación para la didáctica venía después.

Como abundaré más adelante, el camino que se siguió no fue ése. Se pueden decir discursos (que para eso sí son muy buenos) hablando de la conveniencia, la bondad, lo “pertinente” de la enseñanza de la didáctica en cantidades masivas de asignaturas. Sin embargo la realidad está a la vista y a nadie se puede engañar. Los profesores de Filosofía ya casi no existen, los profesores de Matemáticas las desconocen y los profesores de Física no saben Física.

Como declaró el Doctor Luis de la Peña A. “A los niños se les enseña de forma desastrosa física y matemáticas en México. Por eso le tienen miedo y no se interesan en estas ciencias productivas, creativas y placenteras”



¿Quiénes son los responsables de este desastre? Indudablemente quienes han venido tomando las decisiones, y una de ellas, se basa en suponer que se puede improvisar un buen profesor con abundantes cursos de didáctica, pedagogía, etcétera, dejando de lado los contenidos.

Cargados de esta clase de cursos, la Física y las Matemáticas no pasan de ser una manita de pintura o de barniz brilloso.

Las ramas que priorizan la pedagogía hasta el grado de eliminar el conocimiento de los contenidos han proliferado en México, pero no lo han hecho convenciendo con resultados, sino procediendo de la misma forma que hizo la religión católica en el imperio romano. Se ligó al poder para expandirse.

Pero igual que hizo la religión católica en España y en México, donde castigó a los herejes; en el caso de la Física lo hicieron ignorando y desplazando a quienes son algo más que contenedores de conocimiento. Son especialistas con cerebros entrenados pero los dejan sin trabajo, o con muy pocas horas si los admiten, y en su lugar, las autoridades de los bachilleratos son capaces de habilitar hasta a egresados de Administración Pública como profesores de estas asignaturas de Física y de Matemáticas.

¿Qué fue lo que ocurrió? Más adelante buscaremos la respuesta en las acciones del SNTE.

La maduración del cerebro


Pero estudiar física o matemáticas es muy diferente de recibir una capa de barniz para hacer que brille un título de profesor como si se tratara de un mueble y enseguida habilitarlo para que se encargue de la educación en física y matemáticas a nivel de secundaria, o de bachillerato, armado únicamente con una buena dosis de cursos de pedagogía y otros temas relevantes para el caso.

Los estudios más recientes sobre el funcionamiento del cerebro mientras se aprende, en los cuales se ha recurrido a herramientas como las imágenes basadas en resonancia magnética, apuntan hacia dos conclusiones:
1) Aprender matemáticas con facilidad se puede predecir porque existe una alta correlación entre el tamaño de una sección del cerebro llamada hipocampo y la magnitud de las conexiones de ésta con el resto del mismo.
2) Tomando en cuenta que conforme se usa el cerebro se van creando nuevas conexiones entre las neuronas (wiring en Inglés) para desarrollar su trabajo, es de esperarse que próximos estudios demuestren que los niños que aprenden más lento matemáticas terminarán por obtener niveles muy buenos de conocimiento en matemáticas.


Vale la pena ligar el aprendizaje de Física y de Matemáticas con los cambios en el cerebro, teniendo cuidado, por supuesto, de no exagerar para terminar enredados en el así llamado dualismo Cartesiano y pretender la incorporación de los conceptos psicológicos a la mente, seguidos (modernamente) de consideraciones resultantes de los hallazgos de la neurociencia,

El hecho real es que el aprendizaje de la ciencia utiliza la plasticidad del cerebro y su capacidad para responder a nuevas exigencias. No se puede improvisar a base de cápsulas informativas en cursos cortos de unas cuantas semanas. Los especialistas sabemos que saber Física implica la maduración de los conceptos; sí, pero también implica, y esto es menos conocido, el fortalecimiento del cerebro hasta el nivel en que las neuronas que tenemos disponibles se ven en la necesidad de crear nuevas dendritas para incrementar su número de conexiones con otras neuronas. Esto genera un esfuerzo que implica más oxígeno y más glucosa para alimentar las nuevas actividades que se busca realizar.

Esta actividad es una demanda extraordinaria para cualquier organismo. El cerebro tiene apenas 1.5 kilogramos de masa, que es solamente el 2% de toda la masa de una persona promedio de 70 kilogramos; sin embargo, esta parte pequeña de nosotros consume el 20% del oxígeno molecular (O2) disponible en nuestro cuerpo y el 25% de la glucosa.

Por la razón anterior, crear dendritas no es solamente un asunto de acumular más cadenas proteínicas en cierta región del organismo, obliga también al desarrollo de la glía para responder a las nuevas exigencias de trabajo intelectual. El tejido formado por las células gliales es el encargado de mantener las condiciones de flujo de oxígeno y de nutrientes a las distintas partes del cerebro, entre otras actividades importantes.

En consecuencia, cuando tenemos frente a nosotros a un joven de aproximadamente 22 años que ha estudiado Física y Matemáticas durante cuatro años de manera sostenida, se trata de una persona que ha desarrollado un esfuerzo intelectual que ha incidido en cambios importantes en su cerebro. Entre otras regiones de ese órgano, hablamos del hippocampus y de varias secciones de la parte frontal del cerebro.

Por eso no deberían sorprendernos los hallazgos que se vienen sucediendo en el uso de las imágenes de cerebros activos obtenidas mediante resonancia magnética. Con diferentes objetivos todos, apuntan hacia la existencia de un vínculo muy importante entre el desarrollo del cerebro y cómo y en qué lo usas.

El caso de los jóvenes preparados en Física y en Matemáticas es el de personas con cerebros fortalecidos en un sentido poco común. Es similar al caso de los cuerpos especializados de los corredores de velocidad en el atletismo de alto rendimiento (musculosos y fuertes), o de los corredores de largas distancias (delgados y resistentes). La diferencia es que para apreciar eso en los cerebros vivos se necesita hacer un estudio de resonancia magnética, lo cual resulta extremadamente caro. ¿A quién se le ocurriría examinar el potencial en Matemáticas de un joven mediante un gasto de diez mil o quince mil pesos mexicanos? A nadie por supuesto.

Entonces son los papeles los que sustituyen a la habilidad: una constancia de cursos de sistematización de la enseñanza, otra de redacción por objetivos (en desuso por decreto en la actualidad), otra constancia sobre conocimiento significativo, una más sobre enseñanza por competencias, etcétera. Y así, hasta alcanzar una certificación donde el conocimiento sobre lo que se pretende enseñar es irrelevante.

Las maniobras del SNTE

Jesús Martín del Campo publicó un artículo en el diario La Jornada del 26 de abril de 2013, se intitulaba: “SNTE y cacicazgos charros: historia sin fin.

Narra las direcciones sucesivas de José Robles Martínez, desde 1949 hasta 1972, de Carlos Jonguitud Barrios entre ese año y 1989. y después, de Elba Esther Gordillo desde 1989 hasta febrero de 2013.

El primero fue desplazado por el segundo mediante la irrupción de un grupo armado en las instalaciones sindicales. A su vez, Jonguitud Barrios fue expulsado del sitio que había ocupado durante casi 17 años como resultado de un manotazo presidencial. Posteriormente, la misma Elber Esther seguiría una suerte similar para ir a parar a la cárcel acusada de una serie de acciones ilícitas.

Según Martin del Campo, Jonguitud fue impuesto por Luis Echeverría, y a su vez, Elba Esther fue impuesta por Carlos Salinas de Gortari. En conclusión, las acciones del SNTE tienen detrás las manos de los presidentes de la República Mexicana, pero terminaron conviviendo, y consecuentando, “... la exigencia de una cuota cada vez más grande de cargos políticos y, de manera muy señalada, el uso de métodos violentos contra los disidentes.”

Por otra parte, Gilberto Guevara Niebla, publicó un artículo en El Universal”, el 23 de noviembre de 2010, intitulado: “El SNTE contra la educación”, en el que citó a Jaime Torres Bodet para decir que '''La unificación sindical no parecía favorecer de manera muy positiva a la calidad del trabajo docente de los maestros. Habíamos perdido contacto con la realidad de millares de escuelas sostenidas por el gobierno, desde Sonora a Yucatán. Nuestros informantes directos eran inspectores que, como socios activos del sindicato, encubrían a tiempo las faltas y las ausencias de los maestros, pues no ignoraban que la gratitud de sus subalternos les sería, a la larga, más provechosa que la estimación de sus superiores'''

En ese cuadro de cosas, las acciones emprendidas desde ciertos sectores del mismo gobierno, como es el caso de Agustín Yañez en el Gobierno de Jalisco, se encontraron con un sistema de liderazgo ambiciosos que veía como un peligro la intromisión de los egresados de las universidades en el ramo educativo. Muy especialmente en el de la educación media superior.

Las acciones que emprendieron son claramente tabuladas en la obra en línea: “La formación docente en México 1822 2012”, donde se enumeran las acciones que fueron llevando al SNTE a apropiarse de las plazas de docentes en el nivel de bachillerato.

Así se dejó de lado la importancia de los contenidos cuando se trata de enseñar algo, para sustituirlo con una verborrea en la que se multiplican y bifurcan nuevos términos y conceptos supuestamente novedosos, ninguno de los cuales ha sido previamente probado en la práctica.



La actitud es tan burda como absurda. Mientras que para construir una planta de producción de fármacos se sigue un procedimiento riguroso que va desde la investigación básica hasta una serie de etapas de pruebas de las presuntas medicinas; en la educación pasan a la aplicación generalizada una gama de ideas que están muy bien para ser discutidas en los seminarios de estudio, en los congresos y en otros ámbitos académicos donde son acariciados como opciones posibles para el proceso de enseñanza y de aprendizaje.

No se pide una sola prueba científica que demuestre la conveniencia de proceder como indican los tomadores de las decisiones. Cambian los sexenios y desfilan las propuestas como ocurrencias de individuos o juegos de intereses. Se llena a los maestros de cursos de esto y de aquello, sin la existencia de argumentos basados en estudios estadísticos convincentes.

Esos mismos métodos estadísticos que son tan bienvenidos, y exigidos, para la aprobación de medicinas, son totalmente irrelevantes en la educación.

Así, en la década de los años 1970 la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de Sonora empezó a salir sobrando.

El reconocimiento final de una realidad

En 1967 el proyecto de Eli de Gortari ya había sido cerrado. En la Universidad de Sonora el Patronato Universitario siguió quejándose de lo caro que era mantener a la Escuela de Altos Estudios. Nunca les había gustado la idea, pero resultó que se fueron ellos primero porque ese órgano de decisión desapareció oficialmente en agosto de 1973. Los interesados en cerrarla se tardaron un poco más, pero en el año de 1978 encontraron el camino para aislarla de manera definitiva y desplazarla con lentitud pero sin pausa. El sistema departamental estaba ideado para ir sacando a Altos Estudios de la docencia universitaria en aras de unos departamentos que jamás pasaron por la votación de dos terceras partes del Consejo Universitario.

Finalmente, fue suprimida (así decía la Ley Orgánica de entonces) en mayo de 1983 como resultado de una iniciativa de los mismos integrantes de aquella escuela. Todo fue cuestión de comprender que habíamos sido acorralados por las distintas circunstancias tejidas desde los distintos poderes locales y nacionales. Había sobrevivido porque para suprimirla se necesitaba la votación de dos terceras partes del Consejo Universitario y al Rector le costaba mucho trabajo conseguirlos.

En mayo de 1983 surgieron tres departamentos donde distintas disciplinas han crecido, pero curiosamente, la mayoría de quienes llegaron después de 1983 tienden a olvidar, a mimizar, o a despreciar, una etapa de sobre vivencia donde se pudo correr la misma suerte que el proyecto de Michoacán pero las circunstancias lo aplazaron.

Los tres departamentos: Física, Letras y Matemáticas, siguen en la actualidad otros propósitos más variados y distintos.



Referencias sobre el impacto de la actividad intelectual en el fortalecimiento del cerebro

Ver por ejemplo la selección que se incluye al final de esta contribución:
UBC’s Shernaz Bamji y Stefano Brigidi han descubierto cómo las células del cerebro cambian durante el aprendizaje y la memorización:http://www.sciencedaily.com/releases/2014/02/140224133143.htm
"Brain activity can change both the structure of this protein, as well as its function," says Stefano Brigidi,

El estrés, la enfermedad y la depresión pueden generar inflamaciones en el cerebro:
http://www.sciencedaily.com/releases/2010/05/100503135428.htm



El entrenamiento del cerebro puede llevar a mejoras, pero solamente en la habilidad específica en la que se intenta:
http://www.sciencedaily.com/releases/2009/12/091223125139.htm


sábado, 1 de marzo de 2014

El día en que el Sol amaneció por el Oeste (la contaminación olvidada de las Islas Marshall)


Introducción al tema

Buscando una noticia hasta el otro lado del mundo, me encontré con una historia que ya conocía pero había olvidado.

El 30 de enero reciente, circuló por todo el mundo la aparición de un náufrago en el Atolón Ebon, parte de las Islas Marshall, en el Océano Pacífico. Viajaba en una lancha de fibra de vidrio de siete metros de largo. Se trataba de José Salvador Alvarenga, un pescador de tiburones que había salido de las costas de Chiapas en diciembre de 2012, junto con Ezequiel Córdoba y no había regresado.

Si la historia contada por José Salvador es cierta, estuvo más de trece meses en el mar y viajó más de doce mil kilómetros en la pequeña barca. Revisé dónde queda el Atolón Ebón, a un poco más de 500 kilómetros al norte del ecuador y a casi cuatro mil doscientos cincuenta kilómetros al suroeste de Hawaii.

El tema me interesó porque en el año 2006 se conoció la noticia de Lucio Rendón, Salvador Ordóñez y Juan Vidaña, pescadores de tiburón que se habían perdido en el Océano Pacífico después de haber zarpado de San Blás, Nayarit, con el objetivo de pescar. Según contaban, después de ser arrastrados por la corriente ante la falla del motor de su lancha, estuvieron diez meses en el mar hasta aparecer en las Islas Marshall, un conjunto de formaciones coralinas situadas a más de diez mil kilómetros de las costas mexicanas. La historia fue muy bien contada por Adriana Malvido en su libro, Los Náufragos de San Blás, publicado por Editorial Grijalvo.

En consecuencia, el caso de José Salvador Alvarenga era el segundo, pero en este caso saliendo desde las costas de Chiapas, para ir a parar, trece meses después, en la misma región de las Islas Marshall.

Empecé a buscar los datos más cercanos posibles al lugar de los hechos y encontré un periódico en línea llamado The Marshall Islands Journal. Me dediqué a buscar algo sobre el náufrago, pero como la publicación es semanal, no había nada allí, y en general, las noticias en la mayoría de otros diarios del mundo eran muy pocas. Decían que su salud era precaria, que caminaba con dificultad y era de origen salvadoreño. Nada nuevo en esos días, pero como encontré después, los responsables de la publicación citada arriba ya tenían a Suzanne Chutaro realizarndo el trabajo pertinente y dedicarle un espacio considerable en la publicación del 7 de febrero siguiente. La titularon “Miracle Man” y publicaron, además del texto de Suzanne, varias fotos de un hombre barbado, con el pelo ligeramente rubio rubio. Otra foto de sus piernas extremadamente delgadas y una de uno de sus dedos del pie con una herida notable. Publicaron también una foto donde aparece un bote blanco, con el nombre “Camaroneros de la Costa” en letras negras y la primera letra C ya casi borrada.

Pasado nuclear, futuro oscuro (las olvidadas islas Marshall)

Guardé la hoja en html para comentarla después, a propósito de otro fenómeno similar que ocurrió hace pocos años y seguí armando mi nueva historia, sugerida por el contenido del mismo diario. Cuando tuve acceso por primera vez a la versión en línea de The Marshalls Islands Journal, encontré en el lado derecho de la pantalla el anuncio de un libro intitulado: “Nuclear Past, Unclear Future”, de Giff Johnson. En el anuncio se afirmaba que el autor mostraba allí algunos datos sobre la contaminación ambiental y las enfermedades causadas por la radiactividad. Temas secretos porque el gobierno de los Estados Unidos los había mantenido ocultos después de la prueba nuclear realizada por ellos en marzo de 1954. Se podía leer, además, algo desconocido para mi, que ese país había realizado 67 pruebas nucleares en el Atolón Bikini y en el de Enewetak.

El asunto se refería a un hecho ocurrido hace sesenta años, cuando tratando de obtener una bomba termonuclear, basada en la fusión del hidrógeno con la participación de litio, el gobierno de los Estados Unidos instaló un dispositivo de casi once toneladas de peso, 4.56 metros de largo y 1.37 metros de diámetro.

Los diseñadores habían planeado una explosión cuya potencia sería de cinco megatones pero resultó ser de quince.

El error consistió en suponer que de la mezcla de litio en la que había litio 6 y litio 7, solamente el primero habría de contribuir al proceso de explosión. Hicieron sus cálculos pensando que el litio 7 permanecería inerte, pero no fue así. En los hechos, este último isótopo también contribuyó y la potencia esperada pasó a ser el triple.

En esa circunstancia, la destrucción fue muy superior. En el atolón Bikini (de donde viene el nombre de la prenda de vestir que usan algunas damas) se formó un cráter de dos kilómetros de anchura y setenta y seis metros de profundidad. Eran las 6:45 de la mañana del primero de marzo de 1954, los vientos soplaban desde el occidente hacia el este y llevaron una masa de contaminantes muy superior a la esperada, a una distancia mayor a la prevista. De esta forma, la zona de exclusión marcada por el

El caso del barco japonés Fukuryu-maru

Aproximadamente a 110 kilómetros al este de la zona donde se realizaba la prueba nuclear, pescaba atún un barco japonés de nombre Fukuryu-maru, lo cual traducen como Dragón de la Suerte.

Cinco meses antes de la realización de la prueba, el gobierno de los Estados Unidos había notificado a la Agencia Japonesa de Seguridad Marítima que la zona de exclusión en torno al atolón Bikini se extendería hasta los 166 grados de longitud este más 16 minutos. Sin embargo, Mark Schreiber, al escribir para el Japan Times el 18 de marzo de 2012, escribió que nadie a bordo del buque lo sabía. Lo delicado es que se encontraban en la posición de 166 grados de longitud este más 18 minutos, lo cual viene a ser aproximadamente cuatro kilómetros al este del sitio marcado como peligroso.

Se trataba de un barco pequeño, de 25 metros de largo y desplazamiento de 140 toneladas. Había salido el 22 de enero de 1954 del puerto Yaizu en la prefectura de Shizuoka, a 137 kilómetros al suroeste de Tokio. Después de intentar, sin éxito, la pesca de atún en las cercanías de las islas Midway, emprendieron su viaje hacia el sur, donde los sorprendió el estallido del dispositivo nuclear.

Matakichi Oishi, uno de los tripulantes de la nave, quien entonces tenía 20 años de edad, escribió un manuscrito intitulado: “El día que el Sol salió por el Oeste”, publicado enel año 2011 y relató que vio un destello amarillo entrar por una de las aberturas circulares que permiten la entrada de luz al interior de los barcos (su nombre en Español es Ojo de Buey). Se levantó rápidamente para averiguar qué había ocurrido y encontró que el cielo y el mar se veían iluminados con una colección de luces fulgurante de colores.

Oishi relató que una nube se extendió sobre ellos y una lluvia persistente de polvo formado con partículas blancas empezó a caer sobre ellos dos horas después. Penetraba sin misericordia en sus ojos, narices, oídos y boca. “No sabíamos que era peligroso”, afirmó.

El polvo era coral levantado durante la explosión y estaba contaminado con los residuos radiactivos de la reacción que combinaba una explosión a base de fisión (bomba atómica) con una de fusión donde se usaba deuterio y líquido. La lluvia de ceniza cayó sobre la tripulación durante seis horas y por la tarde varios integrantes de la tripulación descubrieron quemaduras sobre la piel. Era la consecuencia del estroncio 90, el cesio 137, selenio 141 y uranio 237.

La velocidad del buque era de cuando mucho 5 nudos, es decir, 5 leguas marinas por hora, que convertidas a unidades comunes entre nosotros son 9.2 kilómetros por hora. Llegó a Yaizu el 14 de marzo siguiente. Anclado en el puerto, un contador geiger podía activarse a 30 metros de distancia, de modo que la tripulación fue puesta en cuarentena en un hospital. Su ropo y pertenencias fueron enterradas y 75 toneladas de pescado fueron destruidas por temor a su contenido radiactivo.

En el verano de 1954, Aikichi Kuboyama, el operador de radio del barco, enfermó del hígado y murió el 23 de septiembre siguiente.

Los habitantes de las islas Marshall olvidados

El caso de los pescadores japoneses fue bien conocido, pero los habitantes de las islas ubicadas a 150 kilómetros al este del punto de realización de la prueba nuclear ha sido olvidado. Y si a lo anterior agregamos que se realizaron 67 pruebas nucleares en esa área, podemos comprender cuál es la razón de que en las islas Marshall lo sigan recordando.

De acuerdo a un reporte técnico que puede ser consultado en la siguiente dirección:
en Rongelap, una de las islas situadas al este del atolón Bikini, dos tercios de la población sufrieron anorexia y náuseas en los días siguientes a la explosión, el 85% de los niños menores de 5 años sufrió náuseas y el 35% padeció vómitos. Un cuarto de la población mostró quemaduras en la piel expuesta y dos años después todavía había síntomas de trastornos gastrointestinales, entre otras perturbaciones a la salud.

Los problemas de tiroides, cáncer y otros efectos bien conocidos, continuaron más de 20 años después. Una de las grandes luchadoras a favor de las víctimas: Darlene Keju, autora del libro intitulado: “Don´t ever Whisper” (Nunca Susurres) murió de cáncer a la edad de 45 años.

Epílogo

Los efectos anteriores nunca fueron relevantes en la prensa estadounidense. Todo era justificable para defenderse de la amenaza comunista, pero en realidad, como hace ver David Holloway, en su libro Stalin & the Bomb (Stalin y la Bomba), pag. 329:

“... la amenaza nuclear sobre la Unión Soviética había crecido rápidamente en los primeros años de los 1950-s. El inventario de los Estados Unidos había crecido de 832 armas nucleares en 1952, a...”
mil 161 en 1953,
mil 630 en 1954,
2 mil 280 en 1955

y agrega enseguida: “En 1955 el arsenal nuclear soviético era ciertamente mucho menor...”

El siguiente sitio de la wikipedia:

indica que en el año 1950 la Unión Soviética tenía dos armas nucleares y 200 en 1955.
Según esa página, todavía en 1975 los soviéticos tenían un poco más de 19 mil armas nucleares contra 27 mil 519 de los Estados Unidos.

Resulta entonces que aquella amenaza eran mentiras, y en realidad, se trataba de la explotación de los sentimientos de paranoia en favor de un proyecto de negocios que devino en el complejo militar industrial del cual el Presidente Dwight Eisenhower advirtió en uno de sus últimos discursos como ocupante del cargo.



martes, 18 de febrero de 2014

Trenazo en Estación, Moreno, Sonora. (31 años de una tragedia que fue parte aguas para privatizar los ferrocarriles de México)





Datos de una tragedia

El 19 de febrero de 1983 fue sábado, y según el diario El Imparcial del día siguiente, a las dos de la tarde con doce minutos ocurrió un choque de trenes a un poco más de dos kilómetros al Norte de Estación Moreno Sonora. Siguiendo la vía del ferrocarril desde Hermosillo hacia el Sur, se ubicó a 73 kilómetros de distancia.

Dicho diario publicó días después lo siguiente: “... se han recabado versiones de los sobrevivientes en las que hay concordancia respecto a que el tren de pasajeros empezaba a reanudar la marcha cuando se produjo el accidente”.

En nota de Erasmo Gómez, David Medina y Javier Mercado, del martes 22 de febrero de 1983, se publicó que parte del pasaje "...había escuchado decir a miembros de la tripulación que tenían que apurarse ya que por ahí venía el local atrás de ellos." El artículo de los reporteros continúa después: "La misma testigo, quien por cierto fue rescatada después de haber quedado atorada con un tobillo prensado y el cadáver de una mujer encima, dijo que las puertas del vagón estaban cerradas y que a través de las ventanillas vieron como los miembros de la tripulación huían despavoridos al sentir la aproximación del 'local' que traía una velocidad mínima de 110 kilómetros por hora."

Mi punto de vista, hasta aquí, es que la rapidez de 110 kilómetros por hora no podía haber sido determinada sin disponer de mediciones adecuadas. Este comentario lo asocio con la actitud generalizada en contra del gremio ferrocarrilero, quienes eran culpados del estado lamentable en que se encontraban los ferrocarriles en México. En su columna "REMOLINO", Moisés (Cuervito) Zamora había escrito: "No hay salida, la irresponsabilidad de la tripulaciónes manifiesta, pero somos tan dados a buscar el pretexto salvador que no lo dudo lo encuentren para que una vez más los muertos se vayan al poso y los vivos al gozo ..." Tratándose de un diario publicado por la mañana del lunes 21 de febrero, era claro que el autor había escrito su columna un día antes, de donde se deduce que a 24 horas de ocurrida la tragedia, el columnista ya tenía la conclusión condenatoria disponible.

El domingo 20 de febrero de 1983 dijeron que había quince muertos, al día siguiente ya habían encontrado a cuarenta y cuatro víctimas y más de noventa heridos, un día después se publicó que quizá llegarían a sesenta y cinco. Finalmente, el miércoles 23 de febrero se transmitió la noticia oficial: después de retirados los escombros, los muertos eran sesenta y ocho y había treinta y tres cadáveres sin identificar. Algo igual de preocupante era que el ministerio público había recibido cuarenta denuncias de personas desaparecidas.

El jueves 24 de febrero, en una nota periodística generada desde Guaymas, Sonora, se dijo que Algo sorprendente de la misma publicación es el párrafo siguiente: "Se dijo que sería hasta hoy jueves cuando arribe por la vía aérea el Director de Averiguaciones Previas de la Procuraduría General de la República y el Lic. Ernesto Avila [sic] Triana, agente del Ministerio Público Federal, quienes se encargarán de continuar con las investigaciones iniciadas por los representantes sociales de Guaymas y Empalme."

¡Es increíble! Ya habían transcurrido cinco días de la colisión, estaban retirados todos los escombros, cerradas las cifras de víctimas y casi desaparecida la evidencia situada en el sitio. Resultaba concluyente que una tragedia de esta magnitud no había sido tratada como emergencia por estas autoridades.

De acuerdo al diario “El Imparcial” se trató de un choque por alcance debido a que se reventó la manguera de frenos del vagón de pasajeros marcado con el número 1646, dando lugar a que el tren se detuviera bruscamente. Su nombre oficial era: “tren número 4”, pero para quienes vivíamos cerca de la vía del ferrocarril, su nombre era “el piojo”, porque en éste los pasajeros viajábamos apeñuscados. Con un frío tremendo en invierno y un calor horroroso en verano. Olía mal porque las condiciones de viaje eran difíciles, y también, porque los pasajeros no tenían los cuidados adecuados para mantener limpios los vagones. Según el periódico mencionado le llamaban: “el burro”.

La manguera mencionada en el párrafo anterior era similar a la de la fotografía siguiente. Unía los sistemas de frenos a base de aire de todos los vagones de la manera que explico más adelante.



El otro participante era el tren de carga número 44. Éste era llamado “el local” en la jerga cotidiana de los ferrocarrileros y viajaba prácticamente vacío de Norte a Sur (según el mismo periódico). Para situar al lector iba desde Hermosillo hasta Empalme.

La noticia del lunes 21 de febrero, publicada por el diario El Imparcial en primera plana estaba colocada en un octavo de página en la parte superior derecha. La parte superior izquierda estaba ocupada por una fotografía aérea, tomada mientras volaban con el camarógrafo mirando hacia el Norte. Es un sitio que puedo describir porque lo conocí muy bien. En la imagen se podía apreciar hacia el oriente el camino de tierra que corría paralelo a la vía del tren y se utilizaba para viajar a Hermosillo. Del lado izquierdo de la foto, parte occidental del sitio de la tragedia, ya tenían habilitada una desviación (espuela de ferrocarril) por donde lograron recuperar de nuevo el tráfico cuando habían transcurrido menos de 22 horas de la colisión. La calidad de la fotografía permite reconocer al menos tres vagones volcados y probablemente otros cuatro difíciles de reconocer. Casi veinte automóviles alineados a lo largo del camino y decenas de personas presentes. Tal vez ayudando.

Testimonios de algunos sobrevivientes publicados en el diario


Lo que sigue es nota de Erasmo Gómez y David Medina:
Una señora cuyo nombre no fue incluido por el diario narró lo siguiente:
“Recuerdo que el tren había parado, y algunos pasajeros estuvimos abajo durante diez minutos. De improviso, vi correr a muchos pasajeros con pánico en los ojos tratando de salir del carro..
“Comprendí que algo muy grave estaba pasando y quise correr, pero no tuve tiempo; todo a mi alrededor giró de improviso y escuché un estruendo, como el de una bomba. Me arrojé al suelo tratando de cubrirme la cabeza y, tras la sacudida, intenté levantarme. Por todas partes se escuchaban gritos de dolor y el piso estaba cubierto por grandes manchas de sangre. Cuando salí fuera, no se cómo, pude apreciar un fuerte olor como a petróleo quemado. El carro estaba volcado”.

Según la nota del diario, un joven narró que alguien había gritado que salieran del carro porque iban a chocar y contó: “Muchos brincaron por las ventanillas. Yo corrí con todas mis fuerzas y cuando volví la cara tras el estruendo, vi cómo se volcaba el carro enmedio [sic] de una nube de polvo hacia el lado opuesto de donde yo salí. Pensé en los que salieron por ese lado, todos quedaron sepultados bajo la mole de acero”.

¿Y qué pasó?

En una nota de Javier Mercado, Erasmo Gómez y Alberto Camacho, se informa que se daba por hecho que la falta de aparatos de comunicación y de señalamientos de emergencia estaban entre las causas de la tragedia. Probablemente así fue, pero hay algo más que no necesariamente fue verdad. Ellos escribieron que: “... la escasa visibilidad de una curva precipitó los acontecimientos.”

Una revisión del sitio permite concluir que la curva aludida está a 600 metros del sitio de la colisión. Pude medir esa curva con el sistema de Google Earth y un programa de imágenes. Constituye un giro largo de 20 grados, y antes de éste, existe una recta de mil 200 metros, que se toma de Norte a Sur después de otra curva de aproximadamente 24 grados.

La colisión fue al finalizar febrero. El sitio donde ocurrieron los hechos es un campo plano con vegetación escasa, y si a eso se agrega que el Ferrocarril tenía como actividad periódica la eliminación de obstáculos que impidieran la visibilidad, resulta difícil creer que desde la altura del maquinista no era posible ver a la distancia y descubrir un tren igual de alto que la máquina del tren carguero. La vía del ferrocarril allí es como un pasillo ancho y limpio de maleza donde se puede ver a distancias relativamente grandes.

Las fotos siguientes están tomadas a cinco kilómetros del punto de la colisión


transmite claramente la idea de la nota del periódico porque la curva impide saber qué hay más allá de la vuelta, pero esta imagen está tomada a un metro y treinta centímetros sobre el nivel del riel y no ofrece con precisión la visión de un maquinista situado a cerca de tres metros por encima del suelo. Posiblemente el operador de la máquina podía ver por encima de las puntas de los árboles, pero esperar tal cosa de un tripulante implicaba un estado de alerta permanente, similar al de un conductor de automóvil conduciendo por una carretera, lo cual se percibe difícil de exigir si no estaban entrenados para actuar así.

En cambio, en la tripulación del tren de pasajeros número 4 viajaba el tripulante conocido con el nombre de “el banderín”, cuyo deber era avanzar hacia atrás varios centenares de metros (un kilómetro según el periódico mencionado) y colocar los avisos que serán mencionados más adelante. Esto no ocurrió por alguna razón, pero el 24 de febrero, en nota de David Medina, emitida desde Guaymas, Sonora, se decía que el banderín del tren de pasajeros se encontraba prófugo.



Una vez que el tren carguero (el local) dio la vuelta por la curva mencionada, y el maquinista pudo tener a la vista el tren de pasajeros, tuvo la oportunidad de accionar los frenos de emergencia. ¿Cómo deben funcionar estos?

Razonando a partir de la hipótesis de que cada tren del Ferrocarril de Pacífico tenía en buen estado un sistema de frenos de emergencia, debió existir en el tren número 44 (el local) un cilindro con aire comprimido en cada uno de los vagones,




conectado a todos los demás por medio de una manguera que colgaba entre cada par de vagones.


Si las cosas funcionaron bien, una señal de caída de presión en el sistema de frenos debió transmitirse desde la parte delantera del tren hacia la posterior, con una velocidad de 280 metros por segundo. El papel de esta caída de presión era abrir el paso del aire del cilindro de reserva hacia unos hierros con forma similar a una media luna, que serían empujados para pegarse a cada una de las ruedas y frenar, rueda por rueda, y vagón por vagón, todo el tren.



¿Cuál fue la causa del trenazo? Como público, no lo sabemos.

Había una serie de obligaciones de la tripulación del tren de pasajeros que se encontraba detenido:

1) Colocar a una distancia aproximada de un kilómetro una especie de antorcha que los ferrocarrileros llamaban: espoleta fuse. Una vez encendida, ésta ardía durante diez minutos.

2) Colocar petardos que tronaban cuando eran pisados por las ruedas del tren y que eran colocados en orden y separación que incluían un código reconocible por los tripulantes.

3) La forma de usar el silbato de los trenes también podía transmitir señales codificadas y bien conocidas por la tripulación.

Pensar que una sola persona podía avanzar cuatro kilómetros para colocar una espoleta adelante del tren y otra atrás, es absurdo. Caminando normalmente, una persona saludable puede recorrer un poco más de 3 kilómetros en 40 minutos. Si como se publicó en el diario citado, algunos tripulantes sabían que venía el tren carguero detrás, entonces sí es evidente que debía haber priorizado una señal hacia el lado norte. En particular, a mi me parece que con una espoleta encendida más allá de la curva que se ubica a 600 metros en dirección norte, el tren carguero habría tenido un kilómetro y ochocientos metros para frenar. Por qué no se procedió así, es algo que como simple público no sabemos.

En el Ferrocarril se entrenaba al personal, los trabajadores tenían derecho a ascender en el escalafón siempre y cuando se aprobaran los exámenes pertinentes. Había cursos para los aspirantes y también tenían quienes los impartían. Entonces ascender en los puestos no era gratis, y por supuesto, el sistema de señales tenía que ser estudiado.

¿Entonces qué pasó? Seguramente la investigación realizada por el mismo sistema del Ferrocarril encontró explicaciones, pero los simples visitantes del sitio del choque no sabemos cuáles fueron los hallazgos. Si en algún lugar se guardan los archivos, tampoco sabemos dónde están las respuestas. A lo sumo podemos pensar, y escribir, que ocurrió alguna cadena de errores.

Pero dejar las cosas hasta aquí es admitir que la cuerda siempre se rompe por lo más delgado.

Aparentemente, trabajadores del ferrocarril declararon que desde hacía tiempo el sistema de intercomunicación no funcionaba adecuadamente y que no se les dotaba de las espoletas fuses ni de las banderas y petardos necesarios. Siguiendo las publicaciones del periódico no pude encontrar un comentario directo de las autoridades de Ferrocarril del Pacífico. La única mención al respecto, al menos en el diario consultado, provino del sub gerente del Ferrocarril de Pacífico, quien "Dijo desconocer la veracidad de las acusaciones vertidas por el gremio de los ferrocarrileros de Empalme quienes acusan a la empresa de no proveerlos de material de advertencia como espoletas fuses, banderas y que parte de los sistemas de radio intercomunicación que deben traer las máquinas y cabuses tienen tiempo sin funcionar de una forma correcta."

Por otra parte, la posibilidad de disponer de un sistema de radio teléfono que permitiera comunicación por medio de ondas de radio a varias decenas de kilómetros era técnicamente factible. Desde veinte años antes, la Unión Ganadera Regional de Sonora mantenía un sistema así distribuído en todo el Estado y para hacer funcionar cada aparato bastaba una planta generadora de corriente que no proporcionaba potencia para cinco focos incandescentes de 60 watts. En cambio, la política del ferrocarril siempre fue utilizar baterías livianas para unidades móviles, las cuales eran de baja potencia, pero en el interior de una máquina de ferrocarril no había limitaciones de peso. Por consiguiente, es evidente que antes de la tragedia hubo decisiones equivocadas.

Mientras en otros países el ferrocarril se modernizaba hasta el punto de manejar los cambios de vía por medio de sistemas de control remoto y las comunicaciones inalámbricas hacían obsoletos los métodos de espoletas, petardos y señales luminosas, en México se optó por mantenerse aferrados a la tecnología del siglo XIX.

En las siguientes imágenes se puede apreciar el sistema utilizado actualmente en la línea de ferrocarril estadounidense que corre paralela a la auto pista número 8 (conocida como free way 8). Allí se puede observar cómo usan la captación de energía solar para operar los sistemas inalámbricos de comunicación, radar para detectar la proximidad de los trenes, etcétera. ¿Por qué en México no se hizo algo similar?




Para saber la respuesta basta abordar la situación de México en febrero de 1983. El Presidente era Miguel de la Madrid y su Secretario de Programación y Presupuesto era Carlos Salinas de Gortari, a quien algunos moneros de un diario nacional bautizaron como: “Salinas Recortari”, porque se dedicó a desaparecer apoyos para casi cualquier cosa que se le antojó. El desmantelamiento del ferrocarril estaba en marcha.

Su sucesor, Ernesto Zedillo, privatizó los ferrocarriles en 1995. Esto sucedió doce años después del trenazo a dos kilómetros al norte de Estación Moreno, Sonora. Visto a la luz de los hechos ocurridos, está claro cuál era el interés del gobierno mexicano. Cuando la colisión ocurrió, Miguel de la Madrid llevaba 91 días en el cargo y los recortes generalizados ordenados por su Secretario de Programación y Presupuesto estaban haciendo estragos. En consecuencia, la declaración perdida en el periódico podría encerrar parte de la verdad de lo ocurrido. Quizá al encargado de colocar los señalamientos le dio flojera, pero también (otro quizá) pudo no haber tenido ninguna señal en las manos para ir a colocar.

El ferrocarril mexicano ahora es un desastre. El proyecto iniciado por Salinas de Gortari, cristalizado por Ernesto Zedillo y sostenido por los gobiernos panistas posteriores, llevó a la ruina el sistema ferroviario. Ahora, hasta algunos integrantes del PRI critican la acción de Zedillo contra los ferrocarriles. Ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/02/13/politica/010n1pol

Elegantes como son, cambiaron una palabrita del Artículo 28 de la Constitución para poder entregar los ferrocarriles. Dejaron de ser un “servicio estratégico” para convertirse en un “servicio prioritario”. Como escribí hace varios años en este blog, antes de pasarlos a manos privadas cambiaron todos los puentes que eran de madera para hacerlos de cemento. Esos puentes que ves ahora, fueron parte del regalo de Zedillo a la empresa que tiempo después lo convirtió en uno de sus integrantes del Consejo Directivo.

¿Por qué no sabemos que ocurrió? A 31 años de ocurrida la tragedia, los muertos, sus deudos, y el simple público formado por quienes vivimos alguna vez por allí cerca, seguimos sin una explicación. Sin un análisis completo de los hechos ocurridos.