martes, 12 de julio de 2016

La estatua olvidada de Héctor Espino ¿El proyecto para derruir un estadio?




En la sección occidental de la ciudad de Hermosillo, a diez kilómetros del centro de la capital del Estado de Sonora, fueron a tirar una estatua que durante años estuvo en el estadio Héctor Espino, cuidadosamente resguardada por las rejas que protegían el inmueble.



No es posible distinguirla a la distancia, se requiere avanzar durante varios minutos por la calle desolada, hasta distinguir a lo lejos una pequeña formación rocosa que en sus partes más altas no alcanza los 20 metros de altura.



Por fin, a menos de 300 metros del sitio, se alcanza a distinguir la estatua dedicada a Héctor Espino. Un hombre que dedicó su juventud a jugar al béisbol en México, y con ello, a repartir felicidad entre sus seguidores.



Algunos datos

Valen la pena algunos datos, útiles para quienes desconocen este asunto del béisbol en México. En este país hay dos ligas muy importantes de este juego. Una de ellas: la Liga Mexicana, lleva a cabo sus juegos en verano, casi coincidiendo con las ligas mayores de los Estados Unidos; la otra: llamada Liga Mexicana del Pacífico, inicia en octubre y cierra sus actividades en enero del siguiente año. Debido a que se trata del periodo en el que las acciones del béisbol estadounidense entran en receso, algunos jugadores de esas ligas de primer mundo consiguen el permiso debido y se atreven a incursionar en la del Pacífico, dando con eso más variedad y mayor nivel en la calidad del juego.

En la Liga Mexicana jugó Héctor Espino durante más de dos décadas y cambió de equipo varias veces. En cambio, en la del Pacífico se mantuvo siempre con los Naranjeros de Hermosillo, donde fue tan apreciado que al nuevo estadio le pusieron su nombre.



En el Internet es inmediato conocer algo de la historia del estadio Héctor Espino, de sus dimensiones y de algunos de los eventos de béisbol más relevantes que ocurrieron allí.



Lo que no es fácil saber son las razones que podrían tener unos empresario-gobernantes que posiblemente planearon demolerlo para hacer en su lugar alguna clase de fraccionamiento que, en el papel, podría redituar negocios importantes.



El estadio está a menos de 5 kilómetros del centro de la ciudad de la ciudad de Hermosillo y unido al estacionamiento que lo rodea, tiene una extensión de casi 7 hectáreas.




Si cada metro cuadrado fuera valuado en mil pesos, serían casi 70 millones de pesos.
Si cada metro cuadrado fuera valuado en dos mil pesos, serían casi 140 millones de pesos.



Pero como bien podrían valuarlo en tres mil pesos por metro cuadrado, estaríamos hablando de más de 200 millones de pesos.
O tal vez en cuatro mil, o cinco mil, vaya Usted a averiguar. Todo en una operación surgida aparentemente de la nada.

¿Quién fue Héctor Espino?

¿Pero por qué ocuparse de este jugador de béisbol? Pasemos ahora a ese punto.
Yo no ingresaba todavía a la primaria cuando empecé a escuchar sobre un bateador que jugaba para el equipo de béisbol de Hermosillo. Era un joven originario de Chihuahua y provocaba comentarios enjundiosos porque las carreras que impulsaba llevaban al triunfo al equipo local con bastante frecuencia. Recuerdo que entendía lo escrito en los periódicos porque mi madre me había enseñado a leer y también tengo en mi memoria que era una habilidad con la que sorprendía a los adultos porque a mi edad la lectura era algo inesperado.



Más de veinte años después, cuando yo había terminado mis estudios de maestría en física y era profesor universitario, seguía escuchando sobre las actividades de un beisbolista que continuaba bateando hits a pesar de que los lanzadores lo conocían muy bien y trataban de evitar que conectara la bola con comodidad.



Se llamaba Héctor Espino, nació el 6 de junio de 1939 y se retiró en 1984, cuando cumplía casi los 45 años de edad, después de jugar al béisbol durante 24 años. Apenas un año antes, el “viejo” Espino había ganado otro campeonato de bateo. Así de larga fue la carrera deportiva de un hombre callado, sumamente reservado y extremadamente poderoso cuando lograba hacer contacto de lleno con la pelota que le lanzaban.



El oficio de batear

En el béisbol, el trabajo de batear es quizá la actividad más difícil para los profesionales de ese juego. Suele medirse la eficiencia de un bateador mediante una operación aritmética en la que se divide el número de hits conectados entre el número de veces oficiales al bat. Es tan complicado que un beisbolista que logre una fracción por encima de 0.300 es considerado un excelente bateador, lo cual significa que ha acertado en el 30% de las veces que se presentó a batear.



Para quienes no saben de béisbol, les diré que un hit es el objetivo inicial de un bateador y que éste puede lograrse de varias formas pero la mayoría de las veces ocurre cuando la bola que batea viaja pegando en el suelo al menos una vez y él logra llegar a la primera base, corriendo, antes que la pelota. Cuando solamente alcanza a llegar a esa base se llama hit sencillo, cuando alcanza a llegar a la segunda base recibe el nombre de hit doble, si llega hasta la tercera base resulta ser hit triple. Si logra dar la vuelta completa le llaman home run (en Inglés), o cuadrangular en Español. En este último caso se debe, casi siempre, a que la pelota viajó más lejos que la barda que delimita el campo de juego, pero sin hacerse a la izquierda, ni a la derecha, de dos líneas oblicuas que también indican el campo donde se debe jugar.



Es muy raro que un bateador logre un cuadrangular sin que la pelota abandone el campo de juego. Normalmente lo pueden lograr los beisbolistas que son extremadamente rápidos, pero ese no era el caso de Héctor Espino.



Algunos datos para quienes no conocen el juego del béisbol

Al campo de juego donde se practica el béisbol suelen llamarle el diamante, lo cual se comprende de inmediato si uno ve el diseño del sitio. Apoyados en la siguiente figura aprendemos que hay dos líneas muy largas (blancas) que señalan la zona donde las jugadas son aceptadas, forman entre si un ángulo de 90 grados y miden cuando menos 90 metros de longitud. La línea curva (roja) que limita la zona en la parte superior cierra el espacio donde se desarrolla un partido de béisbol. Sobre esa línea se construye una cerca alta, muchas veces de madera, que recibe como nombre: la barda.


En la parte inferior puede distinguirse un rectángulo girado a 45 grados con un círculo en medio (donde hay una letra P) y otro en la parte inferior (donde hay un 0). En donde está la letra P se ubica un jugador que llaman: pítcher, mientras que el bateador se acomoda donde se encuentra el 0.

Detrás del bateador se acomoda (en cuclillas) un jugador contrario que recibe el lanzamiento enviado por el pítcher. Se trata de una pelota cuyo diámetro es de 7.16 centímetros y puede viajar a 125 kilómetros por hora cuando se trata de lanzamientos curvos. O bien, hasta más de 160 kilómetros por hora cuando se recurre a lanzamientos muy rápidos que llaman rectas.

Cuáles lanzamientos utilizar depende de las habilidades personales de cada lanzador (pítcher), del momento del juego en que se encuentran, del conocimiento que se tiene de la capacidad del bateador, etcétera. Modernamente se recurre a las estadísticas para saber cuáles son los puntos débiles de cada persona que pasa al círculo donde se encuentra el 0.

Abajo a la izquierda, y simétricamente a la derecha, están dos círculos donde espera el bateador que sigue en el turno.

Como ya mencioné, batear con éxito no es fácil porque, además del pítcher y del receptor (colocado donde está el 0), están presentes otros siete jugadores que defienden el interés de un equipo. Éste consiste en evitar que el bateador coloque la bola entre ellos, haciéndola tocar el suelo lo suficientemente lejos para que le de tiempo de llegar corriendo al sitio donde se encuentra el número 1 (la primera base). A veces la colocación del batazo es tan exitoso, y el bateador es tan veloz, que puede llegar corriendo al punto donde está el número 2 (la segunda base) o a donde se localiza el 3 (la tercera base). Si logra dar una vuelta completa, se entiende que han anotado una carrera. Cuando el bateador logra hacer que la pelota que batea viaje hasta el otro lado de la zona limítrofe (línea roja) sin salirse del ángulo marcado por las líneas blancas de la figura, se reconoce como un cuadrangular (home run en Inglés) y tiene derecho a dar la vuelta completa sin ser molestado, hasta anotar una carrera, y además, llevarse por delante a todos los compañeros suyos que antes habían alcanzado una de las bases.

El resto de las reglas pueden ser consultadas en Internet en los sitios dedicados a explicar ese juego y sus normas. El único propósito en esta contribución al blog es hacer ver al lector lo difícil que es tener éxito.

¿Quiénes son los ídolos de una población?

¿Pero a quienes sí se aprecia en México?
En general, para el pueblo mexicano, y tal vez así es en todo el mundo, sucede que la gente desarrolla una alta estimación por aquellas personas que le proporcionan alguna clase de momento agradable directo. Sean deportistas, cantantes, compositores musicales, y en menor medida, poetas o escritores. No es el caso de quienes han contribuido a dar esa felicidad indirecta que resulta de la existencia de una medicina, de un avance tecnológico, de un conocimiento científico profundo, o de la simple enseñanza eficiente en una actividad humana. Esto sucede con los pobladores de la ciudad de Hermosillo, quienes pueden recordar a los artistas, pero jamás a los profesores ni a los científicos.

A manera de botones de muestra, contaré aquí que el día en que murió el Doctor Leopoldo García-Colín, especialista en física estadística, autor de varios libros, de una gran cantidad de artículos científicos y formador de varias decenas de físicos mexicanos, me enteré por un correo electrónico que circuló internamente en mi centro de trabajo. No fue noticia en ninguno de los noticieros que entonces acostumbraba atender.

Cuando murió José María Pérez Gay, un escritor y traductor mexicano que también había sido integrante del cuerpo diplomático de México, le dedicaron espacio en los noticieros nacionales, pero prestando poca atención a su innumerable obra de traducción al español de autores como Johan Goethe, Thomas Mann, Franz Kafka, etcétera, como parte importante de una larga lista de trabajos suyos.

Pero el día que murió Roberto Gómez Bolaños, libretista de varios programas propiedad de televisa, la cadena de televisión que controla la política interna mexicana, armaron un revuelo pavoroso. Parecía que el más grande de los héroes nacionales había vuelto a nacer para morir de inmediato.

Así es la mentalidad del pueblo mexicano, y por supuesto, también del hermosillense. Y a esta gente que le controlan todo lo que ve por la televisión, o escucha por la radio o lee en los encabezados de primera plana de los periódicos, le privan de uno de sus ídolos locales.

Poco a poco, para que apenas se note, van dejando morir el estadio Héctor Espino, donde estaba la estatua que fueron a tirar. Posiblemente se trata de que le salgan dueños al terreno y logren comercializar esa extensión que se encuentra a unos cuantos kilómetros del centro de la ciudad de Hermosillo, que comprende más de 68 mil metros cuadrados y que está conectado por dos de los boulevares más transitados de la ciudad.

Los datos escritos por los hombres que saben de béisbol.

Según datos de Fernando Conde, quien escribió “Campeones de bateo Liga Mexicana del Pacífico”, Héctor Espino conectó 1 824 hits, de los cuales 260 fueron hit dobles y 299 fueron cuadrangulares. Con su bateo impulsó 1 mil 097 carreras, anotó él mismo 947 de ellas, jugó 1 552 partidos y asistió 5 mil 544 veces al bat.

Escribe Fernando Conde que su promedio de bateo en su vida es de 0.329. El más alto de quienes han participado en la liga que reporta en su artículo.



Además del porcentaje de 0.415 de Héctor Espino en la temporada 1972-1973, solamente dos bateadores han logrado batear arriba de 0.400 en la temporada regular del béisbol invernal. Son Matías Carrillo en el periodo de juego 1992-1996, jugando para el equipo de Mexicali, con 0.402; y Sandy Madera, en la temporada 2009-2010, con 0.409, cuando jugaba para el equipo de Los Mochis.

Atendiendo a los datos de Fernando Conde, se puede afirmar que cada vez que Héctor Espino jugó al béisbol conectó al menos un hit, de modo que era muy improbable asistir a verlo jugar y no presenciar uno de sus batazos exitosos. Siguiendo esos mismos datos, se infiere que conectaba un cuadrangular cada cinco juegos. En promedio, por supuesto.

Los próceres que sí merecen ser recordados

Por supuesto que hay próceres oficiales. Son esos cuya memoria sigue siendo muy bien atendida y aquí cito varios ejemplos:

En atención al derecho, Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón son un par de golpistas similares a Victoriano Huerta. Cuando supieron que el entonces Presidente de la República, Venustiano Carranza, favorecería a alguien distinto para que lo sucediera en la presidencia, le dieron un cuartelazo para quitarlo del poder.

Para sus estatuas se guardan los mejores lugares, como ésta, dedicada a Álvaro Obregón, en una de las arterias principales de la ciudad de Hermosillo.




O bien la dedicada a Plutarco Elías Calles, colocada en la misma vía de comunicación urbana.



Es el paso de cualquier turista que, moviéndose en automóvil, atraviesa la ciudad proveniente del sur del país para dirigirse hacia el norte, y viceversa. Por ejemplo, la ven todos los paisanos que viajan desde California, y a veces desde Washington State, a visitar a sus familiares en Nayarit, Jalisco, o más lejos.

Se llama Boulevard Abelardo L. Rodríguez, en honor a un amigo de los dos mencionados anteriormente, quien siendo gobernante del Estado de Sonora mandó hacer un enorme edificio que supuestamente sería museo y biblioteca de la Universidad de Sonora.



Y quizá él mismo, o algún lambiscón deseoso de quedar bien con el señor, mandó colocar una estatua gigantesca en el vestíbulo que separa las dos alas del enorme edificio



En 1920 Álvaro Obregón se había declarado candidato a la presidencia del país, mientras una agrupación denominada "Liga Democrática" manifestaba su apoyo a otro general: Pablo González. Por su parte, Venustiano Carranza se inclinaba por un civil: el ingeniero Ignacio Bonillas. Un hombre nacido en Hermosillo, con título de ingeniería en Boston, quien a su regreso a Sonora, había recibido la encomienda de trazar la que después sería la población de Nogales, en el año de 1884. Posteriormente, este mismo ingeniero trazaría el fundo legal de la población de Santa Ana.

Descontentos con el apoyo de Carranza a Bonillas, Calles y Obregón lanzaron el Plan de Agua Prieta el 29 de abril de 1920. Acusaron a Carranza de haberse constituido en el jefe de un partido político, de burlar el voto popular, suspender las garantías individuales y atentar contra la soberanía de los Estados. Lo desconocieron como Presidente de México e hicieron lo mismo con varios gobernadores que lo apoyaban. El mundo se le vino encima al presidente, es decir, la mayoría del ejército. El asunto se resolvió cuando el 21 de mayo de 1920, durante su escape rumbo a Veracruz, Carranza fue asesinado, mientras dormía en una choza, por un grupo organizado por el general Rodolfo Herrero.

No hubo proceso legal en contra del Presidente. A Herrero se le hizo juicio en la Secretaría de Guerra y fue dado de baja como consecuencia de eso, pero sólo para regresar al ejército en 1922 para combatir al general Lindoro Hernández. Un año después combatiría también la rebelión de Adolfo de la Huerta, quien se oponía al Presidente Álvaro Obregón y a su candidato a la presidencia: Plutarco Elías Calles. Dicho en lenguaje coloquial, el proceso contra el asesino de Carranza fue solamente “para taparle el ojo al macho”.

Todos mataron al presidente en turno, la diferencia entre estos dos confabulados, declarados próceres nacionales, y Victoriano Huerta, es que este último perdió su guerra, mientras Calles y Obregón ganaron la suya.

Las castas políticas que siguieron después han vivido agradecidas, hasta el grado de que hay cientos de estatuas en México para ellos y cuentan con una historia oficial que enaltece sus virtudes, agradece sus servicios a la patria y pretende desconocer la naturaleza sanguinaria de su conducta.

Empresarios sin ideas pero con muchas conexiones

En Sonora, y probablemente en México, no abundan los empresarios que adquirieron su riqueza introduciendo nuevos productos, ni mejorando la calidad de los existentes. No inventaron ninguna salsa que se venda por millones, ni contribuyeron a crear empresas de innovación tecnológica.

Vean como ejemplo la gráfica cuyo pie de figura dice: "Average rating of top three universities. Number of patents filed per unit GDP. La encuentran en la siguiente dirección:
http://www.economist.com/blogs/graphicdetail/2015/09/global-innovation-rankings

¿Dónde encontraron la palabra México?

En algunos casos nuestros empresarios son los descendientes de los primeros hombres blancos, o tal vez mestizos, que llegaron a Sonora para desplazar a los indios con la punta de las bayonetas montadas en fusiles que empuñaban otros indios.

En el peor de los extremos, se trata de políticos venidos a empresarios que manejaron la información y se apropiaron de los cinturones de terrenos que rodeaban a las ciudades en expansión. Compraron, o se apropiaron, de terrenos baratos en extremo y esperaron o incentivaron la llegada de la mancha urbana para vender en 500 pesos el metro cuadrado que les había costado 1, o quizá 10 pesos.

Esta clase de empresarios no pueden tener paz. Necesitan estar siempre en la jugada para proteger sus intereses, no vaya a ser que uno de estos días (en un gran mal para ellos) alguien busque en los papeles viejos para encontrar los hilos de las componendas. Quizá terrenos que fueron ejidales, tal vez viudas desamparadas o mal aconsejadas. O peor también, el abuso surgido de torcer la ley de la mano de quien debería hacerla respetar.

Por eso mismo se puede especular que quizás ahora se trata de desaparecer un estadio dedicado a un jugador que repartió alegría para una población hermosillense. Un pueblo pobre que, en esas lides del juego del béisbol, encontró el antídoto para escapar, aunque fuera por unas horas, o unos días, de una realidad que lo apabullaba.



miércoles, 8 de junio de 2016

ABC a siete años. Caminando en el infierno para exigir justicia.


Parafraseando a Mario Benedetti
Así estamos
consternados
rabiosos
aunque estas muertes sean
uno de los absurdos previsibles


Ésta no es una noticia. Es el recuerdo de una historia sin fin que lleva a miles de habitantes de la ciudad de Hermosillo a marchar cada 5 de junio. Es la memoria de la presencia de la gente gritando que quiere justicia, mientras los encargados de impartirla fingen que investigan y simulan que se acercan a la búsqueda de la verdad cuando todos sabemos qué pasó. Es una acción para subrayar que la prensa cubre el evento para llenarlo con la sensiblería de frases como: el dolor del recuerdo por los niños muertos, entre otras frases de libreto de telenovela.

Nunca, en los siete años que la población lleva protestando, habíamos tenido un calor tan inclemente. El 5 de junio de 2016 fue domingo, y el sábado anterior, la temperatura había estado a 49 grados centígrados en las afueras de la ciudad. Dentro de ella, gracias al pavimento negro y a la actividad de los motores de los autos, estaba a más de 50 grados.


Los termómetros marcaron 48 grados el domingo, y marcaban 46 cuando la marcha partió del frente del edificio donde estuvo la bodega que almacenaba niños como si fueran paquetes para enviar por el correo. Si Usted no ha estado en estos climas a cielo abierto, le diré qué se siente: el Sol quema sobre la piel, es obvio, pero el aire también está caliente, hasta el punto de que uno desea que mejor no sople el viento. No hay en tu entorno un objeto que se pueda tocar sin sentir cómo te quema. No importa de qué material esté hecho, puede ser madera, plástico, aluminio, lo que sea. Cuando caminas sobre el cemento de las aceras, o cruzas pisando el pavimento, el calor se transmite a las plantas de tus pies. Así se sentía cada uno de los integrantes de estas imágenes que pongo a disposición de cada persona que desee saber un poco de esta historia. Le pido que siga leyendo si no la conoce, o quiere recordar qué ocurrió el 5 de junio de 2009 a las tres de la tarde.

Era una supuesta guardería, en realidad una bodega, donde dormían la siesta varios cientos de niños. Estaba ubicada enseguida de una bodega del Gobierno del Estado de Sonora, llena de papeles pos supuesto, y compartía el techo de lámina con el sitio donde dormían los infantes. El fuego inició en el supuesto archivo de documentos gubernamentales e incendió un recubrimiento interno de poliuretano espreado que estaba pegado al techo para aislar el recinto del calor proveniente de la luz solar. Su nombre oficial es poliuretano termoplástico e inicia su ignición a 393 grados Celsius. El techo que ardía llevó las llamas de la bodega de papeles a la bodega contigua donde los niños dormían.

Éste 5 de junio de 2016, cuando las personas que protestaban sentían los 46 grados Celsius sobre sus cuerpos, probablemente pensaban que no era nada comparado con los casi 400 que sufrieron los niños en la bodega incendiada hace siete años.

Han pasado siete años y las autoridades apuestan al olvido. El entonces Gobernador de Sonora, Eduardo Robinson Bours Castelo, sigue libre y jamás ha sido inculpado. El que era Presidente Municipal de Hermosillo, Ernesto Gándara Camou, es Senador de la República. Ambos del Partido Revolucionario Institucional.

Una gran cantidad de habitantes de Hermosillo se preguntan quién mandó a quemar los papeles de la bodega del Gobierno del Estado y no se creen la explicación oficial, según la cual, la fuente inicial del fuego fue el motor eléctrico de un enfriador de aire que supuestamente dejaron encendido y se sobrecalentó.

Gran parte de la población de esta ciudad, capital del Estado de Sonora, se pregunta por qué no tuvo responsabilidad alguna la presidencia municipal, que había nombrado subalternos de protección civil, entre otras cosas.

No hay explicaciones sobre quién autorizó el funcionamiento de una bodega para que se utilizara como sitio de almacenamiento de niños, aunque por afuera la pintaran de colores vivos y atractivos.


La apuesta de quienes toman las decisiones en México es evidente, esperan que la gente olvide, que ya no proteste porque el clima en la ciudad de Hermosillo es inclemente, pero la realidad es terca, la población no olvida y la memoria sobre las preguntas planteadas está viva.


El dedo acusador y el arma humeante

Los cuestionamientos fueron planteados desde las primeras semanas que siguieron a la tragedia, por ejemplo, el sábado 22 de agosto de 2009, en el número 66, de la revista "REBELDÍA", páginas 34 a 40, escribieron Amanda Ramos y Alejandra Ramírez un artículo intitulado: "GRIETAS EN EL MURO DE LOS PODEROSOS (Del dolor y la rabia a la organización)”. En ella establecieron con toda claridad las preguntas y comentarios que preocupaban a quienes se sentían apesadumbrados, impresionados y llenos de rabia por la tragedia cuya impunidad ya se iba perfilando. En su obra se leen párrafos que no tienen desperdicio por la cantidad de información que arrojan:

“Entre los dueños de la estancia infantil se encuentran: Alfonso Escalante Hoeffer, Subsecretario de Ganadería del gobierno sonorense y cuñado de Ricardo Mazón Lizárraga, un empresario muy cercano
al gobierno de Bours; Sandra Lucía Téllez Nieves, esposa de Alfonso Escalante; Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, prima de Margarita Zavala, esposa de Felipe Calderón Hinojosa; Antonio Salido, esposo de Marcia y Director Admnistrativo de la Secretaría de Infraestructura y Desarrollo Urbano; y Gildardo Francisco Urquides Serrano, secretario de Finanzas del Comité Estatal del PRI y empresario inmobiliario y turístico.” (Las negritas son mías)

Más adelante agregan cómo se fue tejiendo la tragedia a través de las decisiones que se iban tomando en las esferas más altas del poder en México:

“El Informe del IMSS 2008, revela que en el sexenio de Vicente Fox el número de guarderías ordinarias del Instituto se mantuvo en 134, mientras que las subrogadas se duplicaron, al pasar de 765 a mil 427. En el 2007, la coordinadora nacional de Guarderías del IMSS, Dora García Kobeh, informó que el IMSS destinaría ese año cuatro mil 432 millones de pesos para el pago de contratos por tres años con esas instancias, que se comprometen a prestar el servicio a madres trabajadoras. García Kobeh apuntó que por ningún motivo esas guarderías pueden cobrar el servicio extra y, si lo hacen, los padres pueden interponer una queja, la cual será investigada. La sanción llegaría hasta la rescisión de dicho contrato. La realidad es que en todas estas guarderías se cobra por horas extras y ninguna ha sido cerrada ni multada. La funcionaria indicó que el presupuesto que se prevé para cada niño en
esas guarderías es de dos mil 500 pesos mensuales, y la capacidad que tienen esos centros es de hasta
200 menores. Imagínese si no es un gran negocio para los dueños de estas guarderías: el gobierno les
paga 2 mil 500 pesos por cada niño y ellos, además, les cobran a los familiares por horas extras.”

Aquí vale la pena detallar las cuentas. Si en una guardería había 200 niños inscritos, se traducía en una transferencia mensual de medio millón de pesos de los recursos del erario a manos privadas. Más adelante señalan los nombres de las personas que podrían ser las armas humeantes del latrocinio. Se preguntan y responden:

“¿Y cómo se le hace para obtener un negocio de éstos? El proceso de asignación a particulares del 85.5 por ciento de las guarderías subrogadas a nivel nacional, ha sido operado sólo por dos funcionarias del Instituto Mexicano del Seguro Social. Se trata de la ex coordinadora de Guarderías, Dora Isabel García
Kobeh, y de la actual coordinadora y ex legisladora panista Carla Rochín Nieto.”

Esta información se puede leer en el portal de la revista "REBELDÍA", , revistarebeldia.org, y se encuentra directamente en: http://revistarebeldia.org/revistas/numero66/07grietas.pdf

El artículo que cito no se detiene frente a la presunta objetividad con la que presumen tantos sujetos que escriben o hablan en la prensa. Los autores se plantean una pregunta fundamental y la contestan:

“¿A quiénes les dieron el negocio
estas dos funcionarias?
Treinta y tres días después que el incendio en la guardería ABC de Hermosillo, subrogada por el IMSS, causara la muerte de 48 niños, el director del IMSS, Daniel Karam, bajo presión social, hizo públicas las listas de los dueños de las estancias infantiles. En el listado, que fue puesto en la página de internet del instituto, aparecen los nombres de políticos y familiares pertenecientes al PRI, PAN y PRD. Empresarios, políticos y funcionarios de todos los niveles y en los tres órdenes de gobierno figuran como propietarios o socios. ”

Los nombres han estado allí desde hace siete años y han sido mencionados varias veces. Pero después de tanto tiempo seguimos en las mismas, con procesos que apuntan hacia funcionarios locales de autoridad muchísimo menor.

El mensaje
Ante el calor infernal en que caminábamos varios millares de personas, hubo actos de organización y de solidaridad con los marchantes. Varias veces descubrimos, a la orilla de la ancha calle, puestos de abastecimiento de agua gratuita. En uno de los casos, nos tocó recibir una botella de agua fría, recién sacada de una hielera con hielo picado. Venían de una señora con la blusa mojada porque abrazaba tantas botellas como podía para repartirlas. En su rostro se veía la preocupación que le causaba ver a los caminantes pasar, serenos para poder sobreponerse al calor, pero con la huella del Sol y el sudor en la cara y en el cuerpo sudoroso.

En estos siete años nunca estuvo tan caliente como esta vez, pero la gente marchó de todos modos y demostró que no se consumió las noticias oficiales que apostaron a simular que se está actuando y que se hará justicia. Mientras tanto, pasa el tiempo.

Lo que no saben es que esta gente se alimenta de esperanza y que ésta se transfiere, literalmente, de generación en generación. A 46 grados Celsius de temperatura, marchando por el pavimento caliente que despedía sus emisiones de energía y nos quemaba, marcharon unos niños a quienes se les llamaba con un grito: “sobrevivientes”, y yo escuchaba, sin saber de qué se trataba, que unas voces infantiles respondían.
Supe hasta el momento en que finalizó la marcha que allí iban, caminando como todos, varios niños que hace siete años se salvaron de las llamas porque ellos también estuvieron allí. En la Guardería ABC, es decir, en la bodega contigua a un almacén de papeles del Gobierno del Estado de Sonora. Se encontraban dentro de un cerco formado por un listón morado sostenido por varias mujeres, llevaban camisetas del mismo color y eran los sobrevivientes del incendio de hace 7 años. La vida de ellos tampoco ha sido fácil, en otras ocasiones he argumentado que todos los niños respiraron compuestos de cianuro y que eso se puede argumentar, todavía, con los análisis de espectroscopía adecuados de las muestras que se tomen de las paredes calcinadas.

Es un mensaje para el futuro, Ese futuro que dibujo con una poesía encantadora del poeta Ramón Santoyo. Es.

CANCIÓN INFANTIL


“…que somos uno aunque otros digan
que somos dos.”
(Canción mexicana)



Niño,
te dejo
dos brasitas
que no puedes apagar,
una para los güeritos
y otra para los demás.
Las brasitas sólo encienden
con el aire sin igual
de tu aliento
puro y fuerte,
sopla
sopla
hasta inflamar…
Que te dejo dos brasitas
que no puedes apagar
una para los güeritos
y otra

para los demás.


sábado, 15 de agosto de 2015

Las dos historias sobre los filibusteros de Caborca




Empezaré por hacer varias aclaraciones:
Para este relato consulté un conjunto de fuentes que incluyen libros y publicaciones en línea de la prensa californiana de la época. Ninguna de ellas son listadas aquí de acuerdo a las costumbres de la escritura académica. Las razones son varias: 1) no tengo la intención de hacerle el trabajo a ningún plagiario que luego es encumbrado por sus colegas o por autoridades universitarias. Tal cosa ya ha ocurrido en la Universidad de Sonora, 2) Si algún joven quiere hacer un trabajo escolar a partir de esto, conviene que cuando menos se tome el cuidado de revisar dónde están las fuentes a partir de la temática que aquí se toca.

Todos los detalles relacionadas con el cálculo de la rapidez de traslado, las distancias involucradas, las fases de la Luna en marzo y abril de 1857, la necesidad de buscar las rutas cercanas a fuentes posibles de agua, etcétera, son trabajo mío.

Las fotografías de la Iglesia de Caborca que aparecen aquí me fueron facilitadas por una ex alumna mía y fueron tomadas por Arnulfo Talamante. Estoy agradecido por esta colaboración.

El tema

En el año de 1857, desde el día primero de abril hasta el seis del mismo mes, se llevó a cabo en Caborca un enfrentamiento que es conocido en nuestra historia como: “los filibusteros de Caborca”. Los hechos ocurrieron en el ahora llamado “pueblo viejo”, un sitio inmerso en una ciudad de más de 14 kilómetros cuadrados en el momento de escribir este relato.

La ciudad se encuentra ubicada en las coordenadas 30°43′02″ de latitud norte, con 112°08′56″ de longitud oeste. En el censo del año 2010 tenía un poco más de 83 mil habitantes, está en el Estado de Sonora y forma parte del noroeste de México, en una prolongación de una región que en Estados Unidos llaman: “Sonora Desert”, en México es: “el desierto de Altar”.


Aunque la mayoría de los mexicanos no lo sabemos, a más de 150 años de ocurrido el enfrentamiento, los hechos siguen generando controversia y la lectura de los mismos depende de la fuente que se tome. El lector de esta contribución a mi blog puede probar a leer sobre el tema en la wikipedia en Español, y enseguida, en Inglés. Para quienes estudiamos la historia de Sonora en la escuela primaria no existe ninguna duda: se trató de un grupo de invasores que venían a tomar territorio mexicano y fueron derrotados”. En cambio, para algunas personas enclavadas en el mundo anglosajón, se trató de un acto de traición, por parte de autoridades mexicanas, en el que a un grupo de líderes californianos les fue prometida una concesión de tierras que después no fue cumplida.

Esta visión diametralmente opuesta fue el primer motivo de mi interés, a lo cual agregué después varios detalles que al principio me resultaron insólitos: primero, la ruta tan inhóspita seguida por la caravana de individuos que en un número cercano a cien llegó hasta Caborca; segundo, la discusión acerca de una presunta traición, por parte de las autoridades mexicanas, en la que ni siquiera los historiadores bien informados se ponen de acuerdo; tercero, el olvido en que cayó el nombre de la persona que presuntamente lanzó las flechas incendiarias que hicieron salir a los californianos de la casa en que se encontraban; y por último, la enorme incomprensión que prevalece entre los presuntos enterados del mundo anglosajón.

La ruta

Una descripción somera de los hechos, como se relatan desde los dos bandos distintos, será presentada en la sección que titulo como: “¿La traición? Parte I”. Por ahora, solamente diré que quien comandaba al grupo se llamó Henry Alexander Crabb, vivió su juventud en Nashville, Tennessee, era hijo de un abogado y había sido senador estatal en California en 1853 y 1854 por el partido que llamaban “Know Nothing party”. Eran fundamentalistas del régimen estadounidense hasta el punto de que veían con malos ojos las oleadas de irlandeses y alemanes católicos que estaban llegando a su país. Su política era tan radical, que discriminaban a los llamados “hombres blancos” porque no eran de su religión y tenían, según ellos, costumbres muy distintas.

Los historiadores consultados para la escritura de este relato suelen pasar por alto el trayecto seguido por el grupo de Henry Alexander Crabb para llegar hasta Yuma, que en 1857 era únicamente un fuerte a la orilla del río Colorado. La geografía de los territorios que se ubican entre la costa de California y Arizona es muy complicada. Hay una cordillera formada por muchas cadenas montañosas que corren de sur a norte y tienen una anchura cercana a los cien kilómetros si se avanza desde la costa hacia el oriente. Cuando se alcanza la orilla de la sierra, lo que sigue es una profunda depresión que se ha ocasionado como parte del proceso de separación de la península de Baja California respecto del macizo continental de la América del Norte. Ésta tiene casi 90 kilómetros de largo, es un terreno por debajo del nivel del mar la mayoría de las veces y termina al norte del lago Saltón, muy cerca de una agregación de pequeñas poblaciones dedicadas a la agricultura.


Antes de las gigantescas obras de irrigación desarroladas en el siglo XX por el gobierno de los Estados Unidos, esta situación desoladora cambiaba solamente al acercarse al río Colorado, cerca de donde ahora se ubica la ciudad de Yuma.



Esta depresión es esencialmente desértica, pero se beneficia de las aguas que escurren desde las montañas que se encuentran al oriente, donde llueve con más frecuencia y en el invierno suele llenarse de nieve en las cumbres más altas. Para los españoles constituyó un enorme problema que impidió la conexión de las misiones localizadas en Arizona y las que se encontraban en la costa de California. Cuando los barcos se movían a base de velas, el traslado desde las costas del centro de México hacia California se complicaba porque la corriente de agua proveniente de Alaska dificultaba el avance, y con frecuencia, ocurría lo mismo con el viento, de modo que los navegantes se veían obligados a trasladarse en zigzag, lo que hacía muy lentos los viajes. Por lo tanto, cuando el batallón mormón ofreció a los anglosajones el conocimiento de las trayectorias posibles, tomaron como punto de partida el camino trazado por Juan Bautista de Anza, con trazos que llevaban siempre hacia el sureste y no hacia el oriente primero, para tomar el río Colorado hacia el sur. La ruta de este militar español se presenta en el siguiente dibujo:



Un grupo de personas que se encontrara en el área de lo que ahora es la ciudad de Los Ángeles podría bajar por caminos sinuosos en dirección sureste. La estrategia consistía en buscar las pendientes más pequeñas hasta alcanzar los arroyos más importantes que fluyeran hacia el oriente. Aunque las misiones españolas en California se fueron acumulando a lo largo de la costa, también se habían realizado inspecciones parciales hacia la sierra localizada en el oriente, de modo que el problema estaba parcialmente resuelto por los conquistadores españoles, quienes a su vez tuvieron como guía el conocimiento de las etnias conquistadas.

En lo referente a la información acerca de los territorios al oriente de California, la mayor contribución para los anglosajones provino del batallón mormón. Un grupo de soldados que se formó en Iowa en el verano de 1846 con el propósito de emprender la guerra contra México. Una vez organizados, avanzaron primero hacia el sur y después hacia el suroeste hasta alcanzar el que ahora es el Estado de Nuevo México. Encontraron el río Bravo (río Grande para ellos) y lo siguieron hacia el sur. Después tomaron hacia el suroeste y al oeste, adentrándose en lo que ahora es Sonora, hasta cerca del río San Pedro, el cual siguieron hacia el norte hasta alcanzar el Gila y seguirlo hacia el oeste hasta encontrar el río Colorado. Al parecer hubo otra rama de ellos que también ingresó en el actual territorio de Sonora. Encontraron el río Santa Cruz, que exploraron hasta llegar a Tucson, pueblo que tomaron en diciembre de 1846. Posteriormente siguieron el camino inspeccionado desde hacía varias décadas por Juan Bautista de Anza y avanzaron por el Gila rumbo a su entronque con el río Colorado. En su proceso de conquista siguieron el trayecto del mismo militar español. Esto se relata más adelante.

Cuando terminó la guerra contra México, en septiembre de 1847, el camino por tierra de los españoles ya era conocido por el ejército de los Estados Unidos.

Como se explica en el Museo Heard, en la ciudad de Phoenix, las etnias del norte del ahora Estado de Arizona comerciaban con las que vivían cerca del Golfo de California desde hacía cientos de años, de modo que, en realidad, los trazadores originales de las rutas aparentemente descubiertas por los españoles primero, y por los militares estadounidenses después, tuvieron como fuente el conocimiento de las tribus indias locales.

Una vista del mapa actual haría pensar que un camino relativamente más simple, desde el área de Los Ángeles hacia Yuma, habría sido tratar de alcanzar el Colorado a la altura del paralelo 33 grados con 37 minutos, que es por donde cruza en la actualidad la autopista que conecta Phoenix Arizona con Los Ángeles California. En ese sitio había, hacia mediados del siglo XIX, un poblado que se llamaba La Paz, hoy ocupado por otro de nombre Ehrenberg. El primero fue habitado por aspirantes a mineros en busca de yacimientos de oro y el segundo es un poblado moderno cuya ocupación inicial es la agricultura, la ganadería, y como consecuencia, el sector de servicios que suele crecer en torno a las actividades anteriores. Sin embargo, ese trayecto fue creado hasta 1862 por William Bradshaw, cinco años después de la expedición de Crabb. Ésta se dibuja en líneas verdes a continuación:


Bradshaw lo trazó con la intención de conectar el área de lo que ahora es Los Ángeles con el poblado de La Paz, donde se rumoraba que había oro.

La fuente de conocimiento inicial de Bradshaw fue un mapa proporcionado por los indios locales

En cambio, sí existía la conexión entre un pequeño oasis, llamado Vallecito y el fuerte de Yuma. Ese trayecto fue la forma inicial de abastecer de provisiones al destacamento de soldados enviado por el gobierno de los Estados Unidos para vigilar sus intereses en el territorio recién conquistado al obligar al gobierno mexicano a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo, en febrero de 1848.
La parte más alta de la sierra muestra plantas verdes

pero la situación empeora al descender hasta el nivel del mar, o más abajo, porque se trata de una depresión





Vallecito es ahora tan irrelevante que es difícil de localizar en un mapa, está situado en las coordenadas 32 grados 58' 34'' N y 116 grados 21' 1'' oeste en el actual estado de California. Para referencia de las personas poco versadas en geografía, agregaré la siguiente descripción: al norte de la ciudad de Mexicali, frontera de México con los Estados Unidos, se encuentra un poblado llamado El Centro. Lo cruza la autopista bautizada oficialmente como “Freeway 8”, y si se toma por ella hacia el occidente, en la dirección de San Diego, se viaja 40 kilómetros en automóvil hasta encontrar un poblado de aspecto muy pobre que se llama Ocotillo, ubicado a la derecha del viajero. En los años recientes se han construido allí varias torres con aspas para aprovechar la energía solar. A partír de allí se puede tomar una carretera sencilla que sube serpenteando desde el nivel del mar hasta 474 metros sobre este nivel. Son 47 kilómetros de camino, pero la distancia en línea recta desde Vallecito hasta Yuma son 163 kilómetros.

Una vez en la cercanía del Fuerte Yuma, lo más probable es que Crabb siguió hacia el oriente por la orilla del río Gila hasta librar las montañas llamadas “”Fortuna Foothills”, para tomar el trayecto conocido ahora como Camino del Diablo, una ruta que las etnias locales habían utilizado durante cientos de años y que en la década de los años 1540 siguió el conquistador español Francisco Vázquez de Coronado para avanzar hacia el norte tratando de corroborar observaciones anteriores de otros exploradores.

El mismo camino había sido utilizado por el misionero Francisco Eusebio Kino, quien en el invierno de 1699 avanzó desde Tubutama, en las inmediaciones de la actual ciudad de Caborca y cabalgó hacia el noroeste buscando la latitud del paralelo 32 grados con 17 minutos. Una de las conclusiones conocidas de Kino fue que la Baja California no era una isla como algunos habían especulado.

Como ya mencioné, el problema de conexión por tierra de Sinaloa y Sonora con Calfornia fue finalmente resuelto por la expedición de Juan Bautista de Anza desde los años 1773-1774, cuando partiendo desde la cercanía de San Miguel de Horcasitas, siguió hacia donde ahora se encuentra la ciudad de Santa Ana, luego Imuris y de allí hasta encontrar el río Santa Cruz, que fluye a casi nueve kilómetros al oriente de la actual ciudad de Nogales. La exploración avanzó a lo largo del río hasta acercarse al río Gila, que pudieron tomar hacia el occidente hasta alcanzar la región donde ahora se encuentra la ciudad de Yuma. Allí se encontraba la tribu Akimel O'odham, que vivía pacíficamente de la agricultura, para lo cual habían desarrollado sistemas de riego. Es de suponerse que esta etnia fue de una gran fuente de información para los expedicionarios.

Juan Bautista de Anza siguió el río Colorado hacia el sur para avanzar después hacia el occidente de nuevo y pasar cerca de donde ahora se encuentra la ciudad de Mexicali. Con ese movimiento evitó las grandes dunas de arena que en la actualidad cruza la autopista estadounidense llamada “freeway 8”, que conecta la región de Casa Grande, Arizona, con la ciudad de San Diego California. Los expedicionarios tomaron hacia el norte, a lo largo de una larguísima depresión del terreno que en su lado occidental tiene a la sierra que la separa casi cien kilómetros del océano Pacífico. De ese modo alcanzó la misión de San Gabriel Arcángel, cerca de las coordenadas 34 grados con 6 minutos y 118 grados con 6 minutos (los detalles pueden ser consultados en Internet). De regreso, de Anza tomó hacia Yuma, después por el río Gila y finalmente el río Santa Cruz, agregando a su conocimiento atajos que la experiencia previa le permitían. El dibujo lo presenté párrafos atrás en esta contribución a mi blog.

Retomando el tema de la expedición de Henry Alexander Crabb, los historiadores consignan que partió de El Monte California, el cual se encuentra a sólo ocho kilómetros de la misión de San Gabriel Arcángel. A partir de allí, contaba con la información de los caminos que estaba empezando a utilizar el ejército de los Estados Unidos para abastecer su cadena de fuertes militares que estaba desarrollando. Esta misma ruta había sido utilizada desde 1849 por migrantes mexicanos que, enterados de la fiebre del oro en California, buscaron una mejor suerte en aquel territorio recién conquistado por el gobierno de los Estados Unidos. A la inversa, también lo recorrían aventureros provenientes de California que no habían visto brillar su suerte en aquella región.

Es difícil saber por qué Crabb creía que podría tener éxito. Se ha especulado que esperaba el ingreso de dos grupos armados más, uno proveniente de Tucson y otro que llegaría por mar, sin que se pueda precisar si sería a Puerto Lobos o a Puerto Libertad. Lo cierto es que cuando estaba a punto de ser derrotado aparecieron del orden de veinticinco personas que venían de Tucson, fuera de eso, nada más ocurrió. Esto lo abordaré de nuevo más adelante. En cambio, la creencia de que iba rumbo al fracaso sí fue registrada por al menos una persona cuando la expedición apareció frente al fuerte Yuma. Fue el caso de Edward Dunbar, un minero y comerciante originario de Nueva York que había llegado a California en 1849 atraído por la fiebre del oro. En 1857 atendía una tienda en las cercanías del Fuerte Yuma y llevaba provisiones para otra tienda que tenía en Calabasas (así lo escriben en Estados Unidos), una población situada al norte de la línea divisoria en la región donde nacería después la ciudad de Nogales. Dunbar relata que vio cuando el grupo de hombres que viajaban con Crabb llegó a lo que después se llamaría Yuma. Cuenta que las provisiones del grupo se estaban agotando y que le pidieron a él abastecimiento por seiscientos dólares a crédito, a lo cual se negó terminantemente. En una carta del 27 de agosto de 1857, escribió que el proyecto de invasión le pareció una tontería y que, en comunicación con Jesús Ainsa, quien operaba una tienda en un sitio localizado a nueve kilómetros de la frontera con México, le aconsejó que evitara unirse al proyecto de su cuñado (Henry Crabb) porque lo iban a matar. Dunbar dice que los hombres de la expedición pasaron unos días en ese sitio, después de lo cual partieron hacia Sonoita. Él mismo esperó todavía unos días más, antes de salir con su mercancía hacia Calabasas.

Edward Dunbar era considerado un buen minero, que había probado suerte en California y en la historia del sureste estadounidense se le menciona como uno de los pioneros de la explotación de minerales en Ajo, Arizona. Junto con otras personas había registrado la Arizona Mining and Trading Company y había buscado minerales en el sur de ese Estado, en consecuencia, conocía bien el terreno. Además, debido a que en aquellos tiempos no estaba muy claro dónde estaba la línea divisoria, se discutía si las minas explotadas por el grupo de Dunbar estaban en suelo mexicano o estadounidense. Esto había provocado al menos un conato de enfrentamiento con el ejército sonorense y Dunbar sabía los alcances y limitaciones del mismo. Con esa experiencia, cuando conoció la expedición de Crabb, juzgó que iban directo al fracaso, pues tan pronto como se internaran en suelo mexicano, serían emboscados.

No dispongo de información sobre los medios de transporte utilizados por los migrantes que cruzaron, tanto hacia California como a Sonora. Se sabe que el batallón mormón había iniciado con varias carretas, pero se vieron en la necesidad de irlas desechando por diversas razones. En el caso de los acompañantes de Crabb se trató precisamente de carretas de cuatro ruedas con rayos de madera y aro de hierro. Fueron una pésima selección para las arenas del desierto. Más de noventa años después, J. Y. Ainsa relataría en su libro que dichos vagones se hundían en el suelo y que para evitarlo se necesitaba hacerlas rodar sobre planchas de madera que iban colocando y retirando para mantener las ruedas rodando sobre ellas. El riesgo era que las piezas de madera se fracturaran o que las ruedas resbalaran para caer en la tierra arenosa. Cuando esto ocurría, cuenta J. Y. Ainsa, se veían en la necesidad de descargar la carreta para levantarla y colocarla de nuevo sobre las planchas de madera.

Partieron de Yuma sin disponer de suficientes provisiones, y cuando llegaron a Sonoita, Crabb decidió permanecer tres días allí para descansar. En este punto hay un dato relevante que los historiadores no suelen consultar: el 25 de marzo de 1857 había Luna nueva, es decir, este astro se encontraba a oscuras y no reflejaba luz sobre la Tierra. En esas condiciones, las noches eran una penumbra completa. Evidentemente, sabían moverse en el campo y tenían muy claro que si seguían internándose en territorio mexicano, a la hora de acampar podrían estar a merced de un ataque nocturno porque las postas de vigilancia iban a estar muy limitadas en su visión. A partir de esa fecha, vendrían catorce días en los que Henry Alexander Crabb demostraría que no era diplomático ni militar tampoco.

En el relato de J. Y. Ainsa, se dice que la carta de Crabb se origina en que éste recibió un comunicado del Jefe Político José María Redondo (el prefecto de Altar), quien le advertía que no debían entrar a México porque se encontrarían con las fuerzas armadas. J. Y. Ainsa afirma que Crabb le mostró al Comisario el contenido de las carretas y las armas que llevaban, después de lo cual le cuestionó si acaso creía que con ese equipamiento podría tratarse de una invasión. Entonces optó por enviar la carta que ahora se conoce y que, aparentemente, entre los mexicanos que la conocieron fue considerada como una acción agresiva por su contenido. De acuerdo a la traducción de Rodolfo Acuña, el 26 de marzo de 1857 Crabb escribió: “De acuerdo con las Leyes de Colonización de México, y por tener invitaciones positivas de algunos de los ciudadanos más prominentes de Sonora, he cruzado a su estado con cien compañeros y la vanguardia de novecientos más, con la esperanza de encontrar entre ustedes un sitio para hacer nuestros hogares.” Más adelante agregó: “Finalmente debe darse cuenta y hacer saber que si se derrama sangre, ésta caerá sobre su cabeza y no sobre la mía.”

J. Y. Ainsa evade algunos temas, por ejemplo, no dice que en Sonoita obligaron a uno de sus pobladores a venderles pólvora negra en una discusión que se tornó acalorada. Tampoco informa que los integrantes de la expedición de Crabb mataron tres vacas sin mediar el permiso de sus dueños, con una actitud tal que, cuando recibieron los reclamos lógicos de los propietarios de los animales muertos, respondieron que lo habían hecho “porque tenían hambre”, y que cuando se les exigió el pago por ello, contestaron que tendrían que hablar con su jefe. Ese era el ambiente cuando Crabb recibió el mensaje en el que el Prefecto de Altar le ordenaba que debía regresar a Estados Unidos porque su llegada no era bien recibida. Por el contrario, el 30 de abril de 1857, el diario Alta California publicaba que había llegado una carta de Crabb en la que informaba haber tenido un buen recibimiento en Sonoita.

J. Y. Ainsa afirma que Jesús Ainsa permaneció en Sonoita para atender a los enfermos y que allí esperaba el envío de medicinas y provisiones por parte de Crabb, quien había partido hacia Caborca desde hacia diez días. Afirma que fue apresado en el norte de Sonoita y trasladado a Caborca, donde encontró a un sobreviviente de nombre Byven. A partir de él, Jesús se enteró que el primer día, tras salir de Sonoita, lograron avanzar de veinte a veinticinco millas, lo cual equivale a treinta o cuarenta kilómetros, donde acamparon para pasar la noche. El segundo día, de acuerdo al mismo relato, continuaron durante varias horas, con la novedad de que en varias ocasiones aparecieron partidas de jinetes que los observaban desde la distancia durante algunos instantes para luego partir al galope. La noche previa a su arribo a Caborca estuvieron acampados a tal distancia que esperaban llegar a la población el día siguiente al medio día, pero el hombre que da su testimonio relata que la noche fue difícil porque en varias ocasiones aparecieron jinetes al galope que luego se perdían en la oscuridad.

De manera natural, el camino que Crabb debió seguir habría sido hacia el oriente de Sonoita, siguiendo la ruta de los grandes arroyos (llamados ríos aunque no corren todo el año) a la espera de la existencia de estanques donde pudieran tomar agua sus animales de carga. La carretera moderna actual, más recta, no podía ser el camino adecuado a mediados del siglo XIX debido a su aridez.


Veamos ahora parte de la problemática que enfrentaron los viajeros en aquellos años. De acuerdo a los estudios especializados, un caballo consume agua a razón de cinco litros diarios por cada cien kilogramos de peso, pero cuando los equinos realizan jornadas de trabajo, esta cantidad se incrementa hasta en un 80%. Por lo tanto, un caballo de silla cuyo peso fuera de 380 kilogramos consumiría del orden de 19 litros diarios de agua en un día de descanso y hasta 34 litros si se estaban trasladando.

Eran los primeros días de la primavera de 1857 y hacía frío, según cuenta uno de los integrantes del grupo de potenciales seguidores de Crabb que en esas mismas fechas se trasladaba desde Tucson hacia Caborca,. Esto pudo haber disminuido la necesidad de agua pero no lograría eliminarla. Por otra parte, los mal llamados ríos de esta zona no podrían haber brindado algo más que charcos.

También es posible que algunos de los viajeros conocieran la técnica de dar a comer cactus a sus animales y de consumir ellos mismos trozos de viznagas para enfrentar la sed.
 A partir de los estudios climatológicos basados en la dendrocronología, se puede estimar que los años anteriores a 1857 habían sido relativamente lluviosos en el área de Arizona, en tanto que el año mencionado habría tenido precipitaciones promedio. Se puede concluir también que los años posteriores fueron de sequía, de modo que la frecuencia de las lluvias venían a la baja en el año de los hechos que estamos comentando. Lo anterior indica que muchos cactus tenían altos contenidos de humedad y que era factible el traslado por la ruta que menciono, lo cual podría haber decidido a Crabb a evitar la ruta más larga, pero más benigna, siguiendo el río Gila hacia el este para saltar al río Santacruz y avanzar hacia el sur, por la zona donde ahora se localiza la ciudad de Nogales.

J. Y. Ainsa sostiene que la partida de Crabb fue atacada cuando se acercaron a Caborca, mientras que en la versión de los militares mexicanos ocurrió precisamente lo contrario. Como se desprende del parte del Capitán de Caballería Hilario Gabilondo, el ejército al mando del Capitán Lorenzo Rodríguez avanzó al encuentro de los estadounidenses, quienes realizaron descargas de disparos certeros que hicieron escapar a los soldados mexicanos, en tan tremendo desorden que asustaron a la población. Así, todos los que pudieron se metieron a la iglesia del pueblo, mientras los demás pobladores escapaban hacia el campo circundante. 

Pienso que la versión de Ainsa es más justificatoria que creíble, lo más probable es que había una diferencia muy grande en armamento, pues en México abundaban los mosquetes “Brown Bess”, que eran previos a la época de las luchas napoleónicas y apenas tenía un alcance efectivo de 45 a 90 metros. Tenían un peso de 4.8 kilogramos y un fusilero entrenado podía realizar un disparo cada 15 o 20 segundos. Una opción mejor era el “Fusil Baker”, que el ejército mexicano usaba en los años de la guerra de Texas de hacía dos décadas, pesaba 4.08 kilogramos, tenía un alcance efectivo de 180 metros y el usuario podría tener un ritmo de tiro de un disparo cada 20 segundos. En cambio, es muy probable que el grupo de Crabb traía el fusil “Enfield Pattern 1853 rifle-musket”, que se había empezado a usar en Estados Unidos desde 1853. Su peso era de 4.3 kilogramos, con un ritmo de un disparo cada 15 o 20 segundos, pero con un alcance efectivo de 370 metros. Tenía la ventaja de que la mira era ajustable, estaba formada por una punta cerca de la boca del cañón y una V colocada sobre una pieza movible arriba del cañón, muy cerca del gatillo. Con ese diseño, el soldado podía trasladar verticalmente la pieza con la V para tratar de acertar un tiro a 90 metros, a 180, a 270 o a 370 metros. En esas condiciones, los mexicanos habrían sido sorprendidos mientras realizaban su acercamiento hacia el enemigo, lo cual explicaría el pánico generalizado y la huida en tropel. Otro elemento a favor de esta opción es que, de acuerdo al parte de Gabilondo, la mayoría de las bajas ocurridas entre el primero y el cuarto día de abril, antes de su llegada, se debió a que los combatientes sonorenses resultaron sorprendidos por el fuego que se hacía desde las casas en que se había colocado el ejército de Crabb.

El día primero de abril de 1857 Crabb ocupó un conjunto de casas enfrente de la iglesia y dispuso el asedio de la misma, ordenó la realización de al menos una descarga de fusilería sobre los ocupantes de la iglesia la noche previa al 2 de abril, y llegadas las horas de la mañana, trataron de hacer arder el templo utilizando un barril de pólvora. Los días 2, 3 y 4 de abril, fueron de incesante presión sobre los ocupantes de la capilla católica, quienes no tenían alimentos, ni agua, ni condiciones de aseo. El día 5 empezaron a cambiar las condiciones porque los integrantes del ejército sonorense empezaron a acumular fuerzas recién llegadas, y en esas condiciones, el sitiador se convirtió en sitiado.

El 5 de abril se habían agotado las opciones de Henry Crabb, había descartado la opción diplomática desde el 26 de marzo, cuando firmó la carta que envió al prefecto de Altar. Y ahora, tras cinco días infructuosos para sacar a quienes se alojaban en el templo, estaba rodeado por fuerzas superiores a las suyas, en condiciones que la presunta superioridad, en cuanto a alcance y precisión de tiro de sus armas, empezaba a resultar inútil. Un militar se habría preguntado cuál era la ganancia de gastarse el tiempo y las municiones en tomar una plaza así. Podría evaluar la situación desde el momento en que la polvareda anunciaba que otras fuerzas del gobierno de Sonora se acercaban y un análisis con buen juicio lo hubiera llevado a retirarse para tomar posición en las montañas que se encuentran a quince kilómetros al norte de Caborca y buscar espacios abiertos donde sus armas volverían a darle la superioridad que había perdido. La Luna estaba en cuarto creciente y sería Luna llena el nueve de abril, lo cual indica que las noches eran de utilidad para trasladarse si lo hacían con sigilo. En lugar de eso, se quedó allí, sitiado, esperando algo que jamás llegó.

Según cuenta el parte de Gabilondo, un indio se ofreció a incendiar la pastura que guardaban en un sitio de las casas que Crabb tenía ocupadas. Lanzó flechas desde la torres de la iglesia y acertó en la séptima, desatando un fuego que culminó en la rendición de los estadounidenses. A pesar de ese papel tan importante, Gabilondo no se ocupó de registrar el nombre del indígena, un punto sobre el que volveré después, al cerrar la redacción de este escrito.

¿La traición? Parte I

La familia Ainsa funcionó como una especie de organismo conector entre algunos de los participantes en la expedición de Crabb. De acuerdo a Mary Bingham, el padre de ellos, Manuel Ainsa, nació en Manila Filipinas en el año 1801 y llegó a Sonora en el año 1820 para radicarse en el poblado Pitic, ahora la ciudad de Hermosillo. En la literatura sobre los mexicanos en California se menciona otra fecha para el nacimiento de Ainsa (el año 1790) y se escribe que había llegado primero a Jalisco (en 1808), antes de moverse hacia Sonora. Él se había trasladado de un territorio español a otro, pero se encontró con el nacimiento del México independiente en septiembre de 1821. De acuerdo a las crónicas, Manuel Ainsa siguió considerándose un súbdito de la corona española, lo cual le granjeó dificultades con algunas de las personas influyentes que simpatizaban con el nuevo régimen. El 9 de septiembre de 1823 contrajo matrimonio con Filomena de Islas, bisnieta de Juan Bautista de Anza, y aunque la familia Ainsa siempre afirmó que ellos estaban emparentados con el militar, político y explorador que había establecido la conexión por tierra con California, Mary Binham sostiene que esto no podía ser así porque Juan Bautista de Anza junior (como la escritora le llama) había muerto sin procrear hijos. En contraposición, ella piensa que debió tratarse del padre del explorador exitoso, ya que ambos llevaban el mismo nombre. Donald T. Garate sostiene que Juan Bautista de Anza hijo (el explorador) había adoptado como propios a dos niñas a la muerte de su hermano Francisco y escribe que la más joven de ellas: Ana, es el contacto para la supuesta relación familiar entre los Ainsa y los de Anza.

Mary Bingham va más lejos y relata que, muchas décadas después, algunos integrantes de la familia Ainsa se vieron involucrados en lo que podría ser una falsificación de una pintura con la  supuesta imagen de Juan Bautista de Anza, la cual habría de ser puesta en tela de juicio por curadores de museos y expertos. Cuenta también que se vieron involucrados en una controversia sobre la propiedad de un meteorito encontrado en el Estado de Arizona. El lector verá más adelante que estos datos son importantes para formarse un juicio acerca de la naturaleza de esta familia.

El matrimonio Ainsa Islas tuvo tres hijos varones y dos mujeres. Al menos dos de ellos juegan un papel en esta historia. Se llamaban Agustín, Jesús María y Santiago. Ellas eran Filomena y María Amparo. La primera que menciono se casó en Sacramento California el 21 de noviembre de 1853 con Henry Alexander Crabb, quien entonces era senador ante el congreso de California por el partido Whig. María Amparo, por su parte, contrajo matrimonio con Rasey Biven, un periodista de California que era originario de Nueva York, donde había nacido en el año 1820. Además del joven de 16 años que consignan las crónicas sonorenses, Biven es el otro sobreviviente de la intervención de Crabb rumbo a Caborca. Es también el relator que cita J.Y. Ainsa en sus notas, y a mi modo de ver, quien inició la versión en la cual se afirma que Henry Crabb había sido invitado a Sonora para ser traicionado después por el grupo que gobernaba Sonora en 1857. Rasey Biven fungía como corresponsal de cuando menos un diario de California, como se infiere de la lectura de los archivos del periódico Daily Alta California de junio de 1857. Biven vivió once años más y murió en mayo de 1868 de una enfermedad no precisada en la noticia periodística de su muerte. 

J. Y. Ainsa, autor del libro que ya mencioné, era sobrino de Agustín Ainsa, uno de los hijos de Don Manuel. El joven Agustín había acompañado a Crabb en por lo menos una de sus visitas a Sonora, sirviéndole de guía y de traductor entre el Inglés y el Español. Hay historiadores aparentemente serios, como Lawrence Douglas Taylor Hansen, que han escrito que el acuerdo con Pesqueira sí existió, pero su base es J. Y. Ainsa. Taylor Hansen incluye en su cita a Rodolfo Acuña, pero en mi opinión se trata de una cita oscura, pues de la lectura de la obra de Acuña encuentro que él sostiene que no hay documentos que demuestren la realidad de tal acuerdo.

J. Y. Ainsa publicó en el año de 1951 su propio testimonio acerca de los hechos ocurridos. Se trató de una edición de autor, impresa en un papel extremadamente barato, y al parecer, en una cantidad reducida. La revisión de ese libro, desde su impresión hasta su empastado, además de la ausencia de fuentes típicas de los historiadores profesionales, deja claro que el objetivo del autor era plasmar por escrito la narración que en su familia había pasado de una generación a otra, en las pláticas típicas de sobremesa o de tardes y noches de conversación.

En la versión de J. Y. Ainsa, Hilario Gabilondo habría convencido a Pesqueira para que le financiara un viaje a San Francisco y pagara su estadía en aquella ciudad, a fin de tramitar un préstamo que pudiera respaldar las necesidades militares que se desprendían de su lucha contra Gándara. Habiendo logrado esto, Gabilondo arribó a San Francisco y contactó a Don Manuel Ainsa en su oficina para solicitarle el apoyo que buscaba. El empresario se negó, haciéndole ver que su estancia en Sonora había sido muy penosa y que no deseaba pasar por eso otra vez. Sin embargo, sí lo invitó a hospedarse en su casa, como solía hacerlo, dice J. Y. Ainsa, con todas las personas importantes que llegaban a esa ciudad provenientes de aquel Estado. Después de este intento fallido, Gabilondo se habría puesto en contacto con Crabb, a quien pudo convencer de respaldar económicamente a Pesqueira a cambio de una concesión de tierras. Cuando Pesqueira y sus amigos recibieron la carta de Gabilondo se sorprendieron de la propuesta que incluía una concesión a favor de Crabb, a lo cual habría contestado que tal cosa no era posible porque eso llevaría a un caso como el de Texas. De acuerdo al relato de J. Y. Ainsa, Gabilondo insistió por carta, esta vez con diversos amigos de Pesqueira, para que éste accediera a otorgar la concesión esperada por Crabb. Aparentemente, eso ocurrió al menos a nivel de una promesa. J. Y. Ainsa lo dice como sigue: “

"Cuando Crabb y sus asociados recibieron la Concesión o más bien la promesa de una concesión tan pronto como Pesqueira llegara a Gobernador y el Congreso del Estado aprobara ese instrumento, ellos le dieron a Gabilondo el equipamiento de guerra."

Hay una escena interesante que J. Y. Ainsa narra como si él mismo la hubiera presenciado: "Después, una noche de verano, 1856, Crabb, Gabilondo, Byven, Ainsa y otros amigos caminaron calladamente a un muelle en la bahía de San Francisco donde un pequeño bote de vela estaba atado y listo para partir. Dos grandes caballos trajeron un vagón y empezaron a descargar muchas cajas pesadas. Crabb y sus amigos las cargaron hasta el bote y la tripulación las colocó debajo de la cubierta."

En el siguiente párrafo agrega: "Cuando Gabilondo le dijo adiós, Crabb le dió un pequeño saco con monedas de oro. Gabilondo subió a bordo y el buque partió para desembarcar su carga en algún lugar de la costa de Sonora donde Pesqueira la obtendría."

J. Y. Ainsa abunda en más detalles. Afirma que no mucho después de la partida de Gabilondo, llegaron a San Francisco noticias de que Gándara había sido depuesto y que Pesqueira era el Gobernador de Facto del Estado de Sonora. Sostiene que Ignacio Pesqueira y Gabilondo le escribieron a Crabb, diciéndole que el Coronel Pesqueira, como Gobernador, iba a llamar a elecciones generales, y que tan pronto como fuera Gobernador Constitucional, él extendería la concesión para que tuviera la aprobación del Congreso del Estado. Que aquéllo llevaría un poco de tiempo pero que eran formalidades requeridas por la ley para hacerlo legal.

Según J. Y. Ainsa, Gabilondo estaba muy entusiasmado con las posibilidades que ofrecía el puerto La Libertad, que él había hecho el viaje a San francisco en veinte días, que embarcarse en el norte del Golfo de California era un placer, que por primera vez había llegado al puerto desde el mar y le había gustado más que nunca.

J. Y. Ainsa va más lejos en sus afirmaciones, sostiene que Don Francisco Rodríguez, comandante de las fuerzas revolucionarias en la región norte de Sonora, estaba esperando a Gabilondo, que había cargado todo el equipo de guerra sobre hatos de mulas y los había enviado a los comandantes de la región donde ellos lo necesitaban.

J. Y. Ainsa escribió que Crabb recibió una carta de Pesqueira y Gabilondo, junto con la concesión en forma legal, a principios de noviembre de 1856. En forma adjunta iban, también, las instrucciones acerca de cómo realizar el viaje a Caborca, en Sonora, donde Gabilondo lo esperaría. La primera expedición tendría el propósito de seleccionar la tierra para establecer la colonia. No deberían traer mujeres ni niños en el primer viaje para evitar que sufrieran mientras obtenían acomodo. No deberían ser más de cien hombres, podrían traer armas de fuego pero no más de cincuenta rifles o carabinas y una pistola con cilindros extra por cada hombre. Plomo para balas, pólvora, piedras de pedernal o detonadores. Las armas deberían ser para defenderse de los apaches y no podrían traer cañones. La expedición no debería acampar dentro de los límites de un pueblo sin consentimiento de las autoridades. Los integrantes de la misma deberían pagar en efectivo por cada cosa que compraran para no dar a los habitantes de Sonora ningún motivo de queja. Al no existir servicio bancario, Crabb debía traer suficiente dinero en efectivo para pagar por la tierra que adquiriría y la presencia de familias no sería permitida sino hasta que su acomodo estuviera listo.

J. Y. Ainsa cita a un presunto relator que llama Byven y que yo identifico con Racey Biven. Éste es el narrador que le cuenta a Jesús Ainsa, tío de J. Y. Ainsa, lo que había ocurrido después de la rendición de Crabb. Éste preguntó si Hilario Gabilondo estaba en la población y acto seguido un hombre lo llevó a su presencia, cuando éste se encontró con Gabilondo, se dirigió a él con las palabras amistosas propias de dos amigos. Al parecer, Gabilondo habría respondido en forma despectiva espetándole que se trataba de un filibustero. Enseguida, Crabb le habría recordado que él tenía una concesión otorgada por el gobierno sonorense. Posteriormente Gabilondo exigió que le entregara el papel en donde se afirmaba eso, a lo cual Crabb habría contestado que se la daría al juez que lo encausara. La versión de Byven, citada por Ainsa, sigue en el sentido de que Hilario Gabilondo le habría ordenado a un subalterno que le cortara la cabeza a Crabb y se la mostrara a sus seguidores para que supieran lo que les esperaba.

De acuerdo al relato, Byven no pudo ver cuando mataron a Crabb. Instantes después, alguien que blandía una pistola habría amenzado a Gabilondo gritándole que era un asesino. Acto seguido le habría ordenado a alguien de apellido Ojeda que llevara a Byven ante la presencia de Redondo, para que le contara lo que había visto y lo pusiera en contacto con el gobernador Pesqueira.

J. Y. Ainsa no explica cómo Biven logró convencer a alguien de que le salvara la vida actuando de esa manera frente a un militar seguramente exaltado por las circunstancias. Si eso efectivamente ocurrió, la razón principal pudo ser que se trataba de un periodista estadounidense conocido como tal en Sonora, lo cual le habría permitido a Racey Biven una razón para estar en el lugar de los hechos.

El señor José Jesús Valenzuela ha escrito un libro intitulado “Yo Fuí”, donde contiene, entre otras cosas, el parte militar que registra la versión de Hilario Gabilondo. Éste es despectivo con el Capitán Lorenzo Rodríguez, a quien le señala varios errores en la conducción inicial de las acciones, a la vez que resalta las propias. Cabe señalar que el militar Rodríguez fue uno de los primeros muertos.

Según Hilario Gabilondo, una primera equivocación fue que, a pesar de que tenía doscientos hombres, el Capitán Lorenzo Rodríguez no interceptó a las fuerzas de Crabb en campo abierto, quien tenía menos de cien, antes de que llegara a Caborca; la segunda fue que a la llegada de los estadounidenses, a las once de la mañana del día 1 de abril, Según Gabilondo, Rodríguez avanzó totalmente expuesto, y con la caballería a la vanguardia, por un callejón que facilitó la acción de los seguidores de Crabb, quienes mataron a cuatro mexicanos en esa primera acción.

Pero el parte de Gabilondo es importante no sólo por lo que dice, sino también por lo que no dice. Algunas de ellas las mencionamos en los siguientes párrafos. Es importante hacer notar que escribió: “Terminada la rendición y puestos los prisioneros a disposición del expresado Coronel, salí para Altar a las cuatro de la mañana a proporcionarme recursos para la fuerza, no habiendo estado en Caborca el 7, día de la ejecución.” 

Hilario Gabilondo era Capitán de Caballería, de modo que con la llegada de un Coronel, había en la plaza alguien con un grado superior al suyo.

El relato de Biven, narrado por J. Y. Ainsa, menciona un cruce de palabras entre el militar mexicano y Crabb. Un conato de reyerta con reclamaciones del estadounidense que no pasó a mayores porque uno de los contendientes estaba preso y desarmado. En cambio, en el parte de Gabilondo no hay ni la más mínima muestra de que se hubieran encontrado, mucho menos intercambiado frase alguna; en consecuencia, mientras Biven afirmó que Gabilondo había ordenado la muerte de Crabb, y también que le cortaran la cabeza para mostrarla ante todos los demás prisioneros, a fin de que supieran lo que les esperaba, en el parte del militar mexicano se afirma que él simplemente se retiró de la población porque las órdenes recibidas habían sido cumplidas previamente.

J. Y. Ainsa escribe con la experiencia de un hombre de avanzada edad, no lo dice en forma explícita, pero plantea un conjunto de supuestos hechos que, de ser verdad, nos muestran a un militar mexicano que trataba de borrar toda huella incriminatoria. Primero un Gabilondo gestor de un viaje a San Francisco, después un hombre convincente que encuentra a un abogado prominente que había sido senador, pero que resultó tan inocente que le extendió un fuerte apoyo en armas y en monedas de oro a cambio de cero garantías. Después, describe en Caborca un militar feroz, que no conoce a Crabb y lo manda matar para eliminar futuras reclamaciones.

Gabilondo sostuvo que envió por Jesús Ainsa, quien se encontraba en Sonoita junto a cuatro enfermos que Crabb había dejado bajo su cuidado. Procuró asegurar que los comisionados llevaban órdenes escritas de no cruzar a territorio estadounidense y que consideraba incorrecto que los hubieran matado, ya que habría sido de utilidad interrogarlos para enterarse qué más sabían de los movimientos de los seguidores de Crabb. Si eso es verdad, lo cierto es que los enviados no lo obedecieron, pues Ainsa ya había escuchado rumores, llevados por unos indios pápagos, acerca de que la expedición de Crabb había fracasado, y por consiguiente, tomó la precaución de abandonar la población del lado mexicano para regresar a la tienda que atendía del lado estadounidense, a seis kilómetros de la línea divisoria. Ocurrió que la partida militar enviada desde Caborca cruzó la frontera y mató a los cuatro hombres, llevando a Ainsa detenido, como les había indicado Hilario Gabilondo. Pero a pesar de que habían cometido una desobediencia sumamente delicada, porque habían dado motivo para un conflicto con los Estados Unidos, de parte de éste no se infiere ninguna preocupación por la falta de seguimiento de las órdenes que afirma haber girado por escrito. Todos sabían que al norte, del otro lado del desierto, había algo peor que un perro feroz, uno que se había tomado más de la mitad del territorio nacional hacía menos de veinte años y que acababa de “comprar” (así entre comillas) una porción de México que llamaban La Mesilla. Más que una desobediencia sin importancia, se trataba de una provocación, pero a pesar de eso, en el parte de Gabilondo no se aprecia la intención de que haya subalternos castigados.

Gabilondo afirma que él se retiró de Caborca y que no estaba allí cuando la partida de Crabb fue fusilada. De hecho, en la historia que se escribe desde hace décadas por parte de sonorenses, quien llegó a Caborca en el momento de la derrota de Crabb fue el Coronel José María Girón, quien traía órdenes escritas e hizo pasar por las armas a Crabb y a sus compañeros.

Un lector medianamente sagaz descubre una clara intención de Hilario Gabilondo. Hay cosas que él no quiso tocar en el parte militar. Tanto Biven como Gabilondo sabían que se escribiría una historia y que en los años venideros habría muchas preguntas sobre aquellos hechos sangrientos, pero lo hicieron de manera tal que allí, en medio de tantas divergencias entre las dos versiones, hay un punto donde se quedó escondida la verdad.

¿La traición? Parte II

Al final de la carta de Crabb a José María Redondo, prefecto de Altar, éste escribió: “Entretanto nos veremos en altar, quedo de usted su atento y seguro servidor”. Se ha tomado como una frase ceremonial típica antes de rubricar una misiva, pero si comparamos con los hechos que consignan los historiadores, resulta que cuando se aproximaba a esa población, Crabb hubo de girar a su derecha para desviarse hacia Caborca. Si uno piensa en términos de las vías de comunicación actual, no hace falta ningún desvío porque, viniendo de Sonoita, la primera zona habitada es Caborca, pero si se revisa la línea de sobrevivencia (cercana a fuentes de agua y de pastura) que necesitaban seguir, resulta que la ruta conduce directamente a Altar. Entonces la única duda es dónde realizó ese giro. Hacerlo al final de la cadena de montañas que tendría a su derecha lo acercaba a menos de cinco kilómetros de esa población, lo cual podría resultar un riesgo innecesario de caer en alguna escaramuza inesperada. Pero si tomamos en cuenta que el 31 de marzo por la noche hicieron cuentas en el sentido de que alcanzarían Caborca al día siguiente al medio día, ocurre que lo más probable es que habrían girado a la altura del paralelo 31 grados con 1 minuto, siguiendo el lecho del río, para acampar en la parte occidental de la sierra, a unos veinticinco kilómetros al noroeste de Caborca. Mis argumentos para estimar esta distancia son los siguientes: de acuerdo a las reseñas históricas, Crabb llegó a la población a las once de la mañana del primero de abril, en consecuencia, debió partir al amanecer, que en esa fecha se presenta cerca de las seis y cuarto de la mañana en la latitud norte en que se encuentra Sonora. Significa que tenían por delante cinco horas de camino. Faltaban nueve días para que apareciera la Luna llena, de modo que ésta estaba en cuarto creciente y minutos antes del amanecer ya se había ocultado, por consiguiente, no tenían como apoyo de la madrugada la iluminación lunar. Finalmente, si una partida de caballos podían avanzar una legua de distancia en una hora, tenemos una rapidez de cuatro a cinco kilómetros por hora. El nerviosismo podría haber incrementado ligeramente este número. Así respaldo mi afirmación sobre el sitio de acampada.

El punto es que cuando Crabb escribió que se verían en Altar, en realidad estaría pensando en Caborca. Al menos un historiador se ha preguntado por qué y a contestado que pudo deberse a que esperaba la llegada en barco de varios cientos de hombres. Si fuera así, estos habrían salido de San Francisco a principios de marzo. Si tal cosa hubiera ocurrido, debían estar a ochenta kilómetros de Puerto Lobos o a ciento quince de Puerto Libertad, de modo que, en el supuesto de la existencia de presuntos refuerzos, Caborca era el sitio con provisiones y agua más apropiado para esperar.

Si no era una fanfarronada las novecientas personas que mencionaba en su carta a José María Redondo, entonces Crabb creía que tales refuerzos llegarían. El viaje por barco desde San Francisco hasta Puerto Lobos implicaba rodear la península y avanzar hacia el norte por el golfo. Era un trayecto de tres mil cuatrocientos kilómetros bien conocido, que se podía seguir en un tiempo que era del orden de veinticinco días, en consecuencia, un movimiento militar realmente existente debió partir de aquel puerto californiano en los primeros días de marzo, una fecha en la que Crabb ya se encontraba batallando con las arenas del desierto, rumbo al Fuerte Yuma, y no tenía contacto con nadie en San Francisco. De acuerdo a la obra de uno de los historiadores consultados, Crabb suponía haber llegado a un acuerdo con John D. Cosby, un militar dedicado a exterminar indios en California, quien además, era senador por Siskiyou ante el parlamento de ese Estado en el año de 1857. El partido de Cosby era distino al Know Nothing party de Crabb.

Si Crabb no estaba tratando de impresionar al prefecto de Altar, como lo haría un jugador de póquer, estaría hablando en serio y creyendo que de Puerto Lobos llegaría una enorme columna de soldados que le permitiría revertir la situación desesperada en que se encontraba el día 5 de abril. En la actualidad, no se menciona un solo movimiento de tropas embarcándose en San Francisco en una cantidad tan numerosa en las fechas que tratamos en este relato. Por consiguiente, Crabb pudo haber sido engañado, pero no por Hilario Gabilondo ni Pesqueira, sino por alguien que pretendía quitarlo para siempre del escenario de California.

La familia Ainsa, y también Rasey Biven, enfocaron sus críticas al gobierno de Sonora, pero si razonamos un poco, no podía ser de otra manera. Ningún hijo de Don Manuel Ainsa estuvo directamente en los hechos en Caborca. En cambio, sí estaban sus dos yernos. Agustín acompañó a Crabb en sus viajes a Sonora en 1856 pero ahora ya no estaba. Jesús estuvo con él hasta Sonoita, pero nada más. Sea porque Edward Dunbar lo asustó, o porque realmente se necesitaba su presencia en Sonoita, el resultado final es que Jesús Ainsa se vio involucrado solamente porque fueron por él y lo atraparon para llevarlo hasta Altar, enjuiciarlo después en tribunal militar para deshacer el proceso legal, llevarlo a un juicio civil que terminó en una condena de cinco años, con una pena cumplida de catorce meses. Se ha atribuido esta cadena de hechos a que Pesqueira quería protegerlo porque eran compañeros de una conspiración contra el ex gobernador Gándara. Podría ser así, pero no se han presentado documentos que lo demuestren. También pudiera haber ocurrido que Don Manuel Ainsa moviera sus influencias para lograr que el gobierno de los Estados Unidos presionara al gobierno mexicano para su liberación, lo cual sí era políticamente correcto. En cambio, reclamarle al senador y militar John Cosby por su inactividad ante el movimiento de Crabb, habría sido una estupidez. A fin de cuentas había una joven viuda en la familia, pero nada más.




¿Olvido? Dos partidas de racistas

Lo único que podría unir a ambos bandos era el racismo. Esto es evidente a partir de datos como los siguientes: en California el militar John D. Cosby, quien llegó a senador de California, era el encargado de limpiar de indios el condado de Siskiyou; en Sonora Pesqueira, García Morales, y otros, emprendían una campaña en contra de los yaquis en el sur y los apaches en la parte noreste de Sonora. Ambos compartían un concepto de sociedad en la que los indios no cabían como fuerza organizada. Claramente había matices que diferenciaban las políticas seguidas a un lado y otro de la frontera, pero en el fondo, ambos trataban de desindianizar sus respectivos territorios.

Fuera de esta colección de hechos, cada grupo respaldaba un proyecto que verdaderamente se transformaba al cruzar la línea divisoria. Desde la perspectiva de los sonorenses con recursos, la compra de La Mesilla, conocida en Estados Unidos como el tratado de Gadsden, no era otra cosa que un latrocinio más por parte de los vecinos del norte. Estaban enterados de la pérdida de Texas y de California, pero en ese caso los efectos no habían estado tan cercanos. En el caso de La Mesilla, en cambio, sabían de las minas de Arizona que ahora serían explotadas por los anglosajones, estaban enterados del despojo de tierras de cultivo que antes eran propiedad de mexicanos y también de los comerciantes mexicanos desplazados. Conocían de cerca las consecuencias del cambio de manos de los territorios. Las personas bien informadas de Sonora sabían cuánto valoraban los anglosajones las rutas de comunicación con el océano Pacífico, los ojos con que veían la calidad de Guaymas como puerto natural, mucho más cerca de los estados del medio oeste que el naciente San Diego o San Francisco. Lo decían con desfachatez, por ejemplo, en periódicos como el Weekly Arizona. En sus páginas se llegó a publicar que la adquisición de Sonora era nada más cuestión de tiempo. Para los sonorenses, la aventura del conde francés Gastón de Raousset-Boulbon había sido un síntoma de la misma actitud anglosajona, pero para estos últimos, era la muestra de que Francia pretendería apropiarse del noroeste mexicano, y por lo tanto, promovían que se actuara para impedir la ocupación de estos territorios. Querían evitar que se pusieran al servicio de los intereses europeos. En la década de los años 1850 se sucedieron invasiones por parte de Joseph C. Morehead (militar estadounidense), del conde Raousset, del almirante Jean Napoleón Zerman, ex oficial de la marina francesa que había tratado de introducirse por el puerto de La Paz en 1855 y de William Walker, La llegada de Henry Crabb en la primavera de 1857, fue para los sonorenses con recursos un movimiento peligroso para sus propios intereses. Por esa razón, aunque los unía la misma actitud ante los indios, en el lado sur de la frontera no estaban dispuestos a permitir una colonización que prometía ayudarles a combatir a los yaquis o a los apaches. Sencillamente amenazaba sus privilegios.

Una de esas muestras de racismo se puede apreciar en el parte militar de Hilario Gabilondo, quien no le dio importancia al indígena que lanzó las flechas. A fin de cuentas, no era más que un indio. Un habitante de Caborca, de nombre José Jesús Valenzuela, se puso como objetivo averiguar, más de cien años después, cómo se llamaba, pero para lograrlo pasó por una multitud enorme de problemas antes de arrojar un poco de luz sobre ese punto. Llegó a la conclusión de que debía llamarse Luis Núnes, pero salvo el señor Valenzuela, ni antes, ni después, fue un asunto importante. Como siempre, en las victorias son los generales quienes toman las ciudades, pero en las derrotas son los soldados los que abandonan las plazas perdidas.

La incomprensión de los anglosajones


Cierro esta contribución al blog con una serie de comentarios sobre la actitud horrorizada con que se tomaron en los Estados Unidos los sucesos de Caborca. La noticia llegó a California el primero de mayo de 1857, más de veinte días después del desenlace de la confrontación. Se trataba de una noticia indirecta narrada por alguien a quien el San Diego Herald llamaba Mr. Carey el 2 de mayo de ese año. Alguien que había recibido la noticia de otra persona que había estado cercana a los hechos. Decía “Esperamos que este reporte sea exagerado, pero muchas circunstancias conectadas con el tema nos llevan a creer que es verdad.” Una semana después, el mismo diario diría: “El rumor confirmado” “Aniquilación total del grupo de H. A. Crabb.” escribían que se había tratado de una masacre perpetrada por mexicanos en Caborca. Daban detalles más precisos del suceso y resaltaban en letras cursivas que cuatro estadounidenses había sido asesinados como perros en suelo americano. Lo calificaban como un “crimen bestial” y exigían revancha al gobierno de su país. Pasaron por alto que el punto más cercano de la nueva línea divisoria hasta Caborca se encontraba a cien kilómetros de distancia y su interés se centraba en que los mexicanos habían entrado a su territorio seis kilómetros, pero no daban ambos esos datos aunque obviamente disponían de ellos. Tampoco prestaron interés a las decenas de muertos y heridos de los habitantes de Caborca. La muerte del grupo de Crabb era para ellos un acto salvaje en el que no había mediado humanidad alguna. El 22 de mayo de 1857, el Daily Alta California daba la noticia con una mezcla de sorpresa y de alarma. Su encabezado era:
"LATER FROM SONORA
THE DESCTRUCTION OF HENRY A. CRABB, AND HIS PARTY, CONFIRMED - PROBABLE SAFETY OF RASEY BIVEN, AND AUGUSTIN AINZA.”


Era un reporte enviado desde Mazatlán en la forma que sigue: “La goleta estadounidense Monterey arribó aquí ayer proveniente de Guaymas trayendo noticias de ese punto con tres semanas de retraso. El capitán ha confirmado plenamente los impactantes detalles de la masacre de Crabb y su grupo."
Más adelante relataban la gallarda conducta de la gente de Crabb con frases como: "...ellos mantuvieron un fuego continuo sobre los Mexicanos, con efecto intimidante. Quince mexicanos fueron muertos y veintiséis heridos antes de que un solo Americano fuera muerto. Pero aquí ocurrió el percance fatal que los trajo a su desastre - el fuego en el techo del edificio donde ellos se habían fortificado." Mencionaban que Crabb había tratado de derrumbar el techo para detener la propagación del incendio, lo cual habría llevado al estallido de una carga de pólvora. Posteriormente reportaban: "Los cincuenta que escaparon de la explosión, fueron, sin excepción, fusilados como se reportó antes, junto con otros doce que estaban en camino para unirse a la expedición. La ejecución tomó lugar el siete de abril. Hasta el día dieciocho de abril, Rasey Biven y Augustin Ainsen (sic) permanecían en prisión en Guaymas." Más adelante usaban frases como: "El prejuicio contra los Americanos ha llegado a ser tan fuerte que ..." y relataban las vicisitudes de un capitán de goleta que había tenido dificultades en Guaymas porque no le querían vender los materiales necesarios para emprender su viaje.

En un reporte del 12 de septiembre de 1857, enviado también al periódico Daily Alta California, se relataba una declaración de Rasey Biven, quien se quejaba de un intento de asesinato en su contra acaecido el 29 de julio anterior, seguramente por órdenes (afirmaba él) de la gente del Gobernador Pesqueira, Ynigo (sic), Cuvillas (sic) Aguilar y Rodriguez, a quienes acusaba de haber invitado a Crabb para luego traicionarlo. Biben aseguraba que las autoridades de Sonora lo querían muerto porque él era el testigo de su culpabilidad.

En la prensa se insistió desde el principio en que la carta de Crabb había sido amistosa, pero que ésta había sido ocultada a la población a la vez que se pregonaba un discurso patriótico contra los invasores. Decían que una fuerza combinada con indios había hecho que estos últimos incendiaran el techo del sitio donde se guarecía Crabb, de quien no habían querido comprender que lo único que buscaban era tierra donde sembrar, construir sus casas y fundar granjas. Las noticias repetían que, para que se rindieran, les habían prometido trato de prisioneros de guerra, un compromiso que después no sería
cumplido porque a Crabb lo habían llevado tres oficiales diferentes amenazándolo con sus espadas, mientras sus compañeros eran asesinados antes de alejarlos del campo de batalla.

Desde el principio se trató de un discurso en el que los anglosajones creían que tenían la razón, y desde entonces hasta ahora, lo que para ellos resultó una tragedia, para la población de Caborca fue motivo de celebración y fiesta.