La rana en la olla
abril de 2026
(o el cuento de cómo los profesores de la Universidad de Sonora nos quedamos atrasados en nuestros sueldos)
Érase una vez, en un valle húmedo y silencioso, donde la
niebla se enredaba entre los árboles y los juncos, una pequeña rana de piel
verde brillante que vivía tranquila a la orilla de un estanque.
Era curiosa por naturaleza, pero no era especialmente
precavida. Le gustaba observar el mundo dando saltos, confiada en que nada
cambiaría demasiado de un día para otro.
Una mañana, sin saber cómo, fue a caer ena una vieja olla de
hierro llena de agua clara. Al principio se inquietó un poco, pero el agua
estaba fresca y agradable, así que decidió quedarse.
— No parece haber peligro — pensó —. No parece ser tan malo este lugar.
Pasó el tiempo, y la rana no se enteró de que, debajo la
olla, un fuego suave acababa de encenderse
.
El agua se templó un poco, como si fuera un tibio día de primavera.
— Qué
calor tan reconfortante — dijo la rana – y estiró sus patas.
Pero el fuego siguió ardiendo.
El agua se volvió más cálida, luego más caliente. La rana lo
notó, pero el cambio era lento, muy lento, casi imperceptible.
—Ya me acostumbraré —se dijo para si la rana —. Todo cambio requiere paciencia.
Y allí se quedó.
El calor no se detuvo. El agua empezó a quemar suavemente, y
el cuerpo de la rana se volvió pesado, como si el mismo vapor le robara la
fuerza.
Por primera vez, quiso saltar. Pero ya no pudo.
Sus patas, antes ágiles, apenas respondían. El calor, que
había llegado sin prisa, ahora la envolvía sin escape.
Y así comprendió, muy tarde, que no todos los peligros
llegan con estruendo. Algunos se acercan en silencio, lentamente, paso a paso,
hasta que ya no queda fuerza para huir.
Desde entonces, dicen los viejos del valle que el estanque
guarda un murmullo tenue, como una advertencia muy queda para aquéllos que no
quieran escuchar.
Cuentan que no todo lo que cambia despacio es inofensivo,
y que hay momentos en los que es sabio saltar. Antes de que sea tarde.
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