A setenta y un años del fallecimiento de Albert Einstein
A la 1:15 de la madrugada del 18 de abril de 1955, en el
Princeton Hospital, llamado ahora University Medical Center of Princeton,
falleció el Dr. Albert Einstein de una hemorragia interna masiva. Consecuencia
de la ruptura de un aneurisma de aorta abdominal. Tenía 76 años y en su trabajo
de investigación había cambiado la física desde sus raíces.
La Historia del Aneurisma
Einstein sabía que tenía esta condición desde años antes de
morir. En 1948 le habían practicado una cirugía exploratoria en el Hospital
Judío de Brooklyn y el descubrimiento resultó ser un aneurisma calcificado del
tamaño de una toronja. Estaba localizado en la aorta abdominal.
En esos tiempos no se disponía de una cirugía vascular
segura para repararlo, de modo que el médico Rudolf Nissen lo envolvió con
celofán, una técnica experimental con la que se buscaba endurecer la pared
interna del aneurisma para prevenir su ruptura.
El Final
Cinco días antes del desenlace fatal, el 13 de abril de
1955, Einstein comenzó a experimentar fuertes dolores abdominales. Fue
ingresado al Princeton Hospital y los médicos diagnosticaron que el aneurisma
había empezado a romperse. Esto era una condición mortal en esa época pero los
médicos le ofrecieron, como única posibilidad, una cirugía de emergencia. La
tasa de fallecimiento cuando se practicaba esa operación quirúrgica era de 50%
y la edad del enfermo no ayudaba. Einstein la rechazó en forma rotunda y se
alistó para irse en definitiva de este mundo.
Los testigos afirman que dijo: “Quiero marcharme cuando yo
quiera. Es de mal gusto prolongar la vida artificialmente. Ya hice mi parte, es
hora de marcharme. Lo haré con elegancia".
La enfermera de guardia en el momento de su fallecimiento
contó que lo escuchó murmurar unas palabras en Alemán, pero como ella no
hablaba ese idioma, éstas se perdieron para siempre.
El Patólogo y el Cerebro de Einstein (primera parte)
El patólogo de guardia se llamaba Thomas Harvey, realizó la
autopsia, y sin permiso de la familia, extrajo el cerebro de Einstein con la
idea de que fuera estudiado para saber si su naturaleza biológica podía agregar
conocimiento sobre esa capacidad del genio para investigar sobre física.
Su hijo Hans Albert se enteró de la acción del patólogo a
través del New York Times y montó en cólera. En ese tiempo, Hans vivía en
California y se ha reportado que había viajado a Princeton para verlo antes de
su fallecimiento, pasando muchas horas junto a su padre en los días que
siguieron al 13 de abril. Su vínculo filial era cercano, respetuoso y
afectuoso. Hablaba de su padre con admiración y reconocía que en el pasado
habían tenido serias dificultades en su relación.
Hans Albert
Como su hijo mayor, a Hans le tocó la decisión sobre lo que
se debía hacer con el cerebro de su padre. Un asunto que abordaremos más
adelante. En lo referente a los escritos de Albert Einstein, el albacea
literario era Otto Nathan, un amigo suyo y confidente más confiable. Nathan era
un economista alemán de origen judío que había huido del nazismo. Se identificaba
con el pensamiento de Einstein porque compartía las ideas pacifistas y
socialistas. Punto sobre el que abundamos más adelante.
Por ahora resulta de interés agregar algunos comentarios
sobre Hans Albert.
Estudió ingeniería civil y se graduó en el Instituto
Tecnológico Federal de Zürich, en Suiza. En 1936 obtuvo su doctorado con una
tesis sobre el transporte de sedimentos en flujos de agua. Su obra sobre este
tema ha sido tan importante que aún ahora, noventa años después, sigue siendo
considerada como la teoría fundamental sobre este fenómeno. Tuvo la fortuna de
salir de Europa a tiempo para establecerse primero en la costa este de los
Estados Unidos (Carolina del Sur) y trasladarse después s California, donde
fungió como investigador y profesor de temas ligados a la hidráulica. Según las
notas consultadas, dejó un grato recuerdo entre sus colegas y alumnos.
El albacea literario
El testamento de Einstein de 1950 nombró a Nathan como el
único albacea de su patrimonio y como el co-administrador de su propiedad
literaria junto a su secretaria Helen Dukas. Fue el encargado de gestionar su
imagen y de organizar los papeles de Einstein. Actividad a la que le dedicó más
de 25 años de su vida.
El vínculo de Otto Nathan con Albert Einstein se desarrolló
a través de la lucha política compartida. Los dos eran emigrantes alemanes y
Einstein lo veía como un par intelectual en asuntos políticos y económicos.
En 1949, en una carta a su hijo Hans, Einstein le explicó
que Nathan tenía dificultades profesionales debido a sus creencias socialistas,
razón por la cual no podía obtener un puesto universitario permanente en
Estados Unidos.
La correspondencia entre Einstein y Nathan está llena de
discusiones sobre el ascenso del fascismo y el destino de los judíos en Europa.
En una carta fechada en 1936, Einstein le escribió: "Los acontecimientos
en Europa son indescriptiblemente horribles. El Señor Dios parece haber
nombrado al diablo como jefe de personal".
La suerte de su hijo Eduard
Einstein tenía otro hijo, se llamaba Eduard y le decían
"Tetel", pero es muy probable que jamás se haya enterado de la muerte
de su padre debido a su estado de salud.
Los relatos acerca de su niñez nos lo muestran como alguien
con una enorme sensibilidad. Las cartas familiares, los testimonios indirectos
y las reconstrucciones biográficas, lo presentan como un niño y adolescente
intelectualmente brillante, que gustaba de la literatura, la música y la
filosofía. Le atraían las ideas de Sigmund Freud, era introspectivo y con alta
sensibilidad hacia lo afectivo y menos interesado en la física.
Eduard tenía apenas cuatro años cuando Mileva se regresó a Zürich
como consecuencia de las dificultades de pareja. Entre 1926 y 1928 todavía
tenía un buen desempeño académico y había decidido estudiar medicina. Entre
1928 y 1930 aparecieron en él síntomas serios: como crisis emocionales,
dificultades para concentrarse y episodios que fueron catalogados como
desorganización psíquica. Fue abandonando sus estudios gradualmente. Los
primeros síntomas serios de esquizofrenia se presentaron en la década de los
años 1920 y fue diagnosticado formalmente en 1930. Lo internaron en una clínica
psiquiátrica en Zürich, donde empezaron aplicarle los tratamientos de la época.
No existían los antipsicóticos modernos que buscan reducir los síntomas severos
y después de 1938 le aplicaron electrochocks. Nunca recuperó una vida
independiente y pasó gran parte del tiempo en instituciones psiquiátricas. En esas
condiciones, su capacidad intelectual inicial no se expresó plenamente en su
etapa adulta. Murió en octubre de 1965 de complicaciones de salud asociadas a
su condición crónica de esquizofrenia tratada con hospitalizaciones
prolongadas.
Los registros históricos indican que no tuvo contacto con su
padre después de 1933 y la relación entre ambos se había roto desde hacía
tiempo. Se ha reportado que la última vez que Albert Einstein vio a su hijo fue
justo en 1933, cuando estaba a punto de emigrar a Estados Unidos con su segunda
esposa, le ofreció a Eduard que lo acompañara, pero él se negó. Después de un
largo periodo de internamiento, en un momento de su enfermedad, Eduard llegó a
decirle a su padre que lo odiaba.
Se ha afirmado y discutido sobre el presunto abandono de su
familia, pero el tema es más complicado que responder con un sí o un no.
Einstein fue un padre emocionalmente distante, con visitas
intermitentes que se complicaron con el estallido de la primera guerra mundial
en el verano de 1914 y con los movimientos cada vez más frecuentes de Einstein
por el mundo. En la práctica, fue un padre ausente desde el verano de 1914.
En resumen, la relación con su esposa Mileva estaba rota
desde 1912 y ella había tomado con mucha reticencia su traslado al nuevo
trabajo que le ofrecían en Berlín a su marido. Aunque inicialmente lo acompañó,
su relación ya tensa desembocó en una catástrofe a las pocas semanas de su
arribo. Mileva se regresó a Zürich llevándose a los niños y desde entonces sólo
hubo visitas esporádicas mutuas. La separación fue permanente y el divorcio
resultó muy complicado para ambos.
El contacto cesó después de la última vez que se encontraron
en 1933, pero como botón de muestra, se puede encontrar en línea una carta de
Einstein a su hijo menor. Una traducción aproximada es la que sigue:
19 de noviembre de 1944
Querido Tetel:
Después de tanto tiempo, Suiza por fin se ha liberado de sus
restricciones, así que al menos puedo escribirte de nuevo. Espero que te
sientas bien y contento, y que puedas decidirte a escribir algo literario otra
vez.
El médico que consultaste hace años me ha enviado una
colección de tus aforismos, que al parecer habían quedado olvidados allí. Los
leí sin tener la menor idea de quién los había escrito. Me sorprendió mucho la
concisión de muchos de ellos, y me alegró mucho saber después, por su carta,
quién era el autor.
Siéntate de nuevo y mira qué se te ocurre. [...] Nada
produce tanta alegría y satisfacción como cuando uno ha luchado por alcanzar la
mejor forma posible que es capaz de lograr. Esto lo siento especialmente ahora,
que mi propia vida está casi terminada, y he desarrollado un desapego de la
existencia personal que es característico de las personas mayores, que viven
una existencia conciliadora.
Quizá tú sientas algo semejante en una etapa más temprana
que otros, como consecuencia de [...] tu enfermedad, y lo entiendas mejor que
otras personas de tu edad.
Lee a Tolstoi: Guerra y paz, La muerte
de Iván Ilich y El poder de las tinieblas. También las
tragedias de Esquilo, especialmente Prometeo.
Los más cordiales saludos de tu
PAPÁ
Traducción llevada a cabo a partir del contenido en línea:
El padre proveedor
Einstein fue un padre
proveedor. Aseguró la estabilidad económica de Mileva y de sus hijos en forma
significativa. Firmó desde 1914 un compromiso legal para enviarle una pensión
anual de 5 mil 600 marcos de oro, que era casi la mitad de su salario. En
febrero de 1919 se estableció que, si llegaba a ganar el Premio Nobel,
entregaría todo el dinero a Mileva, lo cual ocurrió en 1921 cuando por fin se
le otorgó el premio. Ella recibió el dinero en 1922 y lo usó para
comprar tres edificios en Zürich. Cuando los gastos por la atención psiquiátrica
para Eduard se volvieron enormes, Einstein continuó
realizando transferencias regulares de dinero a Mileva para cubrir
los costos del sanatorio y su propio sustento.
Cuando Albert Einstein
falleció, en 1955, llevaba más de dos décadas sin ver a su hijo y sin mantener
una comunicación importante con él. La enfermedad aisló a Eduard del mundo y
rompió irreversiblemente el vínculo con su padre.
El Patólogo y el Cerebro de Einstein (segunda parte)
Aunque el albacea literario fue
Otto Nathan, Hans Albert, como hijo mayor, fue quien tuvo que tomar las
decisiones difíciles sobre los restos de su padre, incluyendo la controversial decisión
acerca del destino de su cerebro.
Después de leer la noticia en el
New York Times, Hans Albert buscó insistentemente al patólogo. Cuando logró
comunicarse con él, ocurrió una discusión aparentemente civilizada pero tensa.
El patólogo logró convencerlo de
que los resultados de los estudios del cerebro de Einstein serían publicados en
revistas científicas de prestigio. Lo que en realidad ocurrió es propio de una película
de corte psicológico y policiaco, pero no por el cerebro del genio fallecido,
sino por la conducta del patólogo.
Éste contradijo directamente los
deseos del físico, quien había dejado instrucciones claras de ser cremado para
evitar cualquier tipo de veneración o estudio de sus restos. Días después,
Harvey logró el permiso a regañadientes del hijo de Einstein, Hans Albert, con
la condición de que cualquier investigación fuera estrictamente científica y
publicada en revistas de prestigio.
Se llevó el cerebro a la
Universidad de Pensilvania, donde lo inyectó con formaldehído, lo fotografió
desde todos los ángulos y luego lo cortó en cerca de 240 bloques pequeños.
Para preservarlo, los cubrió con una sustancia llamada colodión.
Thomas Harvey perdió su trabajo
en Princeton y se llevó el cerebro consigo. Lo guardó durante décadas en dos
frascos de cristal dentro de una caja de sidra que escondía en lugares
insólitos: a veces bajo un enfriador de cerveza, en otras ocasiones en el
sótano de su casa, o en su consultorio.
Harvey trabajó en diversos
empleos, desde supervisor en un laboratorio hasta médico en una fábrica de
plásticos y terminó perdiendo su licencia médica. Acabó contándole historias
del cerebro que guardaba a un escritor de nombre William Burroughs. Un
personaje de la corriente beatnik de fines de los años 1950 y de inicios de los
1960.
En 1997, cuando Harvey ya tenía
84 años, se le ocurrió cumplir por su cuenta un deseo nunca realizado de
Einstein: viajar por los Estados Unidos de costa a costa. Se llevó el cerebro
en el asiento trasero de su coche, pero no sabía que era seguido por agentes
del FBI, que se aseguraban de que el preciado órgano no desapareciera.
Con el paso de los años, Harvey
envió pequeñas muestras a varios científicos para que fueran estudiadas. Las
investigaciones encontraron algunas peculiaridades, pero el tema será abordado
en otra ocasión.
Cremación
De acuerdo a las instrucciones que Einstein había dado, su
cuerpo fue cremado y sus cenizas fueron dispersadas en algún lugar secreto.
Se realizó un acto privado para evitar la creación de un
lugar de peregrinación, sus cenizas fueron esparcidas en un lugar no revelado y
mantenido en secreto. Se especula que quizás fueron esparcidas en el cercano
lago Carnegie, donde le gustaba navegar.